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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

La realidad real ha vuelto

El desprestigio de la realidad ha ido creciendo exponencialmente, como suele decirse, a medida que el universo cibernético y la gran digitalización se apoderaba de todos nosotros. En este punto siempre insisto en que no padezco de tecnofobia, pero me temo que hemos ido despojándonos de la realidad real, a menudo incómoda y, claro, demasiado física, para sustituirla por construcciones del ciberespacio, por los relatos de la política, por las discusiones vanas e inútiles (bizantinas, se decía, y ese adjetivo me gustaba). La realidad es un incordio. E incluso es poco moderna, porque está ahí, sin encanto, sin adornos, sin sofisticaciones. Está brutalmente ahí. Es lo que hay.

Antes se culpaba (¡culpabilizaba!) a las pantallas, en especial a la televisión, que empezó a filtrarlo todo hasta hacerlo atractivo y digerible. Nos enseñó, por ejemplo, la llegada a la Luna, y muchos no lo creyeron. Demasiado atractivo. Durante mucho tiempo la realidad ha sido aquello que se veía a través de la pantalla de la televisión, aunque supiéramos que quizás no era exactamente así. Hoy, las pantallas son tan nítidas, con su blanco y su negro tan puros, ya saben, y sus colores fantásticos, que lo malo parece tan malo como es, o más, pero al tiempo abre telediarios por la fascinación y el deslumbramiento de lo inesperado, o de lo terrible. Esta atracción irresistible por contemplar la catástrofe existe en verdad desde el origen de los tiempos, pero no nos acompañaba a la hora de la cena, a través de una pantalla gigante.

Así, la riada del Nepal, con esos segundos brutales, ilustró los titulares de todos los informativos, desde luego por la trascendencia de la tragedia, eso sin duda, pero también por la fuerza comunicativa (visual) de un suceso breve y cruel, abrumadoramente cargado de realidad. La riada contenía lo que se puede considerar en términos de la modernidad un exceso de realidad, terrible para las víctimas, que lo vivieron en sus carnes, pero de alguna forma sublimado por el espectador lejano y ajeno (aunque nada humano nos debería resultar ajeno), llevado quizás a la categoría de esos vídeos, a menudo sobre desastres naturales o accidentes poco explicables, que surten las redes y algunos programas que se alimentan de esa extraña atracción de la catástrofe.

Que los males de la naturaleza, y otros males, se asociaran habitualmente al llamado Tercer Mundo tenía que ver, claro, con esa sensación de seguridad total que hemos tenido en occidente. Y con la mencionada prepotencia. Ahora, el Primer Mundo empieza a experimentar episodios que consideraba más bien de otras latitudes. Ya no sirve el filtro protector o separador de las pantallas, porque la realidad ha vuelto. La realidad que incluso puedes ver a través de tu ventana. El mundo desarrollado odia el exceso de realidad que le recuerda que es humano y frágil, lo que le provoca una gran incomodidad.

Lo que hemos llamado ya otras veces ‘la costumbre del mal’, ha sido asumido, al menos aparentemente, por ciertas sociedades sometidas sin cesar al conflicto y al trauma. Y también nosotros, como espectadores, tendemos a contemplar esos conflictos más o menos lejanos como ‘una costumbre’, algo que se repite y que, al parecer, no se puede evitar. Al verlo así, pierde su dramatismo y simplemente se suma a los relatos y a los vídeos del día. Y se olvida con rapidez. Una expresión asociada a esta es la acuñada por Hannah Arendt, ‘la banalidad del mal’, en la que se descubre el mal como rutina, junto al seguimiento ciego y acrítico de la autoridad, aunque sea muy dañina para la sociedad. Algunos liderazgos globales actuales son así.

Esta sociedad desarrollada, acostumbrada a filtrarlo todo a través de las pantallas, y, ahora, a través de las redes, casi se sorprende cuando la realidad se desborda. ¿Hemos perdido el hábito de entender la realidad real, a fuerza de evitarla, ignorarla o edulcorarla? Quizás lo que este verano ha sucedido en Ceuta sea un ejemplo útil para entenderlo. El entramado de discursos políticos interesados, las construcciones ideológicas y el laberinto habitual de los relatos parecen no ser capaces de manejar ese exceso de realidad real para nuestro mundo. La inmigración, como los conflictos bélicos y los traumas, viene cargada de situaciones personales en las que la realidad se desborda con toda su presencia física y corpórea, como en un desastre natural, donde el hambre y la pobreza se imponen a todos los discursos. Nuestro mundo digital y cibernético parece tener problemas para manejar un exceso de realidad real que ya no podremos evitar, sea por desastres humanos o climáticos, así que de nada servirá parapetarse en las pantallas y los relatos. Sólo volver a la dimensión humana puede salvarnos. Pero parece que, increíblemente, vamos justo en la dirección contraria. Una lástima.

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