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Opinión | Posdata

Doctor en Economía

El mundo es un solo lugar

Poco más se podrá decir sobre Ceuta que no hayamos oído o leído ya. Y perdónenme si también les digo que, a pesar de todo lo dicho, seguimos sin saber exactamente qué es verdaderamente lo que pasó. ¿Fue Marruecos el promotor de la «Invasión»? ¿Fue el infortunio de los migrantes -la desesperación-, lo que los puso en camino, sin necesidad de convocatorias? ¿Fue una estupidez vengativa de Trump? ¿A Netanyahu ya no le basta con sus propias guerras? ¿Rusia no se quiere quedar al margen de ninguna batalla? Mil preguntas a las que estos días los miles de tertulianos y columnistas ya quisieron dar respuesta, aunque de uno no logren dar con la definitiva. En verdad, solo coincidimos en que las migraciones enraízan en la miseria. Pero hay más cosas qué ver; déjenme que les comente, aunque solo sea una.

Fíjense: los movimientos migratorios de tipo caótico, como este que llegó a España por la puerta de Ceuta, se están produciendo en diversas partes del mundo, poniendo en evidencia las condiciones de vida de muchos de sus habitantes, huyendo del hambre o de la guerra que, de puestos ante la muerte, tanto da. Y es que el mundo contemporáneo, al que ya le señalamos como principal característica la de ser globalizado, uno solo a efectos comerciales, industriales, tecnológicos y financieros, diluyendo las fronteras en el magma del mercado, se está mostrando incapaz de regular que, por detrás de los negocios, también se globalice el mercado laboral. Si la economía se globaliza, es inexcusable eliminar obstáculos a la libre circulación de sus factores, los bienes y servicios. Y eso es lo que son las migraciones: la circulación, que también quiere ser libre, de fuerza de trabajo, pretendiendo adaptarse a las nuevas formas del mercado.

Y en esto no hay disculpas ni excepciones: el capitalismo hizo del mundo un solo lugar y con una sola regla debe funcionar. No debe haber fronteras, ni para los negocios ni para las personas. Ni para la inversión ni para la migración.

Reconozco, por fin, que las migraciones introducen desequilibrios en el mercado laboral, especialmente en lo que hace a la estabilidad de los salarios, pero la culpa no es del que los cobra sino del que los paga.

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