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{ políticas de babel}

JOSÉ MANUEL ESTÉVEZ SAÁ

Abdalá II y el abrazo del Rey

05.05.2013 
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HACE unos días pudimos ver al rey Abdalá II de Jordania fundirse en un intenso abrazo con el rey Juan Carlos I. A nadie le sorprendió el afecto que se mostraron ambos monarcas a las puertas del Palacio de La Zarzuela. Todos conocemos lo propensos que son a saltarse el saludo protocolario como muestra de cercanía y amistad. Pero no es éste el único rasgo que comparten. Ambos son conscientes del esencial papel que juegan las relaciones diplomáticas al más alto nivel. Ambos saben ganarse el afecto de aquellas autoridades que resultan estratégicas para sus respectivos países. Y ambos saben lo importante que es dotar a la política exterior de un componente humano que siempre resultará decisivo si llegan momentos de zozobra, ya sea ésta personal o política.

Abdalá II abraza a Barack Obama en Jordania y en EEUU con la misma efusividad con la que envuelve a nuestro Rey en su viaje de regreso a tierras jordanas. Del presidente estadounidense espera un apoyo que afiance el peso específico del Reino Hachemita en Oriente Medio y realce su imagen entre un pueblo que permanece en una tensa calma tras los conatos de revueltas del pasado otoño y las elecciones legislativas de enero. Al rey Juan Carlos lo ve, además de cómo un viejo amigo de la familia, como un interlocutor para descifrar la complejidad diplomática que caracteriza a Europa. Tampoco debemos olvidar la estrecha relación de nuestro monarca con el padre de Abdalá, el rey Hussein I de Jordania, tras cuya muerte, acaecida en 1999, accedió al trono; ni el hecho de que el propio Abdalá II recibió en 2006 el Collar de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III, al tiempo que su mujer, Rania de Jordania, era agasajada con la Gran Cruz, al igual que sucediera con el Collar y la Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica que les fueran impuestos respectivamente en 1999.

Occidente muestra simpatía por un monarca hachemita que trata de modernizar la política del país y recuperar el favor de un pueblo que le supo mostrar siempre respeto y cariño. El país, cuyos tesoros son, a falta de petróleo y agua, la amabilidad de sus gentes, los enigmas del río Jordán, de Petra, el Wadi Rum, el monte Nebo y el mar Muerto, y unas universidades que despuntan en medio mundo, lucha por superar un momento económico delicado que se evidencia en su excesivo déficit, en un turismo resentido por los conflictos vecinos, y en la necesidad cobijar a los cientos de miles de refugiados palestinos por un lado, y sirios por otro, que se adentran, desesperados, en su territorio. Los precios suben y los subsidios se reducen, pero la participación ciudadana se afianza, a la corrupción se le pone mayor veto y los sueldos públicos se incrementan a fin de mantener una paz social que favorezca la inversión extranjera.

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