El Correo Gallego

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a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

El aro de la Academia

20.01.2010 
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Hay en el documento elaborado por la Academia una consideración inicial que explica su desarrollo posterior. Se refiere al origen electoral del borrador sobre el plurilingüismo de la Xunta. Alude en concreto a promesas electorais, sin tener en cuenta que esa promesas se convirtieron en mandato al ser respaldadas por un cuantiosa mayoría de ciudadanos. ¿Una mayoría insuficiente? Similar en cualquier caso a la que sirvió para promulgar el decreto del Gobierno bipartito, que la RAG reiteradamente respalda a lo largo de su extenso análisis. Resulta poco ecuánime legitimar uno y deslegitimar el otro, cuando ambos responden al mismo juego de mayorías y minorías propio de una democracia representativa como ésta.

Del exhaustivo estudio es fácil deducir que a sus redactores les gustaba más el anterior decreto. Esa opinión es respetable, pero no convierte a ese texto en una versión lingüística de las tablas de la ley, ni a sus medidas en las únicas que pueden garantizar la promoción del gallego en el ámbito escolar. El modelo lingüístico a aplicar en la enseñanza no está al margen del debate político, ni de la contienda electoral.

Lo saben bien algunos de los autores del documento de la RAG, que durante la campaña se emplearon a fondo para demostrar que las tesis del Partido Popular en la materia incurrían en un alevoso lengüicidio. No es razonable que lo que no se pudo obtener en las urnas, se quiera lograr ahora haciendo de la normalización algo que está por encima de vulgares procesos electorales. O una cosa, o la otra. Esa misma actitud lleva a los redactores a realizar un asombroso análisis de la inmersión lingüística, teoría que se defiende como algo positivo. Se nos dice que ha funcionado muy bien... en Canadá, como si eso la convirtiera en obligatoria para los gallegos que, no se olvide el singular detalle, gozan de una cosa llamada autogobierno.

Es más, el monolingüismo escolar que se propugna, entra en contradicción con el argumento matenido históricamente por el galleguismo para luchar contra la castellanización brutal del franquismo. Frente a la inmersión que ejercía el sistema escolar de la dictadura, los esforzados defensores del gallego reivindicaban el sagrado derecho de los críos a ser escolarizados en su lengua materna. Es decir, luchaban entonces contra la inmersión. El criterio cambió, y ahora la pedagogía submarina parece ser la idónea. En Quebec o en Cataluña lo aprueba la sociedad, y por lo tanto poco hay que objetar, aunque en esta última comunidad se desoigan sistemáticamente algunas sentencias, sin que el ministro Caamaño diga nada al respecto. En otros lugares como Escocia, Euskadi o G­alicia, las cosas se orientan por otro camino porque así lo quiere la voluntad social.

Complicada será la deseable concordia lingüística, si se obliga a la mayoría de los gallegos a pasar por el aro de un monolingüismo que no quieren. Será factible, en cambio, si los objetivos de la Academia se adecúan al sentir de la mayoría social, que no entiende que la inmersión sea el mejor sistema. La alfombra idónea para llegar a ese punto de encuentro es recuperar la cortesía y las buenas maneras en el debate. Las culpas de que se hayan perdido están repartidas, y por ello en este aspecto se echa de menos una autocrítica de algunos redactores, no siempre conciliadores. Merece la pena hacer el esfuerzo. Mejor hacerlo en la superficie, a la gallega. CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES