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a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Entre Davos y Damasco

07.02.2010 
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Si nos preguntamos por la causa de esta tímida rectificación zapateril, la respuesta es: la globalización. Gracias a ella, los países son como los concursantes de Gran hermano. Todo el mundo está al tanto de si roncan, se meten el dedo en la nariz o se niegan a lavar los platos cuando les toca. España y su presidente están en el concurso, y por eso hay que agradar a los de fuera para no ser nominado.

Hasta hace poco, un mandatario podía tener un formidable cartel en el exterior, aunque tuviera su casa hecha una ruina. Pasó muchas veces. El político con dificultades domésticas se refugiaba en un vistoso papel de estadista internacional, logrando en ocasiones que sus conciudadanos dudaran. ¿Si lo aprecian tanto por ahí, no seremos nosotros los equivocados, no lo estaremos valorando injustamente?

El prestigio foráneo le daba un poco de vidilla al presidente en declive. No es que se ignorase todo lo que ocurría en el país, no, pero trascendía menos; era más fácil ocultar bajo las alfombras una situación precaria como la que ahora atraviesa España. Tal vez Zapatero afrontó la presidencia española de la UE con la idea de que esa especie de autarquía seguía vigente.

A la vista está que se equivocaba. El zapaterismo ha tenido un logro importante que apuntala al Gobierno, al tiempo que nos aleja de las políticas imperantes fuera. Al rehabilitar fantasmas del pasado (memoria histórica), se recupera de paso una división basada en ideologías rancias que legitima todo lo que diga o haga la izquierda, y cubre con el manto de la sospecha lo que pueda hacer o decir el bando conservador.

Ese muro se instala durante un tiempo en sectores importantes de la sociedad, otorgando una ventaja sustancial a Zapatero. Sin embargo, los países vecinos funcionan con claves muy diferentes que los ayudan a afrontar mejor la crisis. Al no existir en ellos ese muro, se puede reaccionar sin ataduras ideológicas y es más fácil alcanzar acuerdos o coaliciones con los adversarios. España, en cambio, se atasca.

Más que derecha e izquierda, el campo internacional se divide entre naciones con capacidad de decisión y naciones paralizadas por debates anacrónicos. La nuestra figura en la segunda de esas categorías, con el consiguiente reflejo en índices, ratios y proyecciones de futuro que se exhiben en el escaparate de la globalización.

De ahí que Zapatero no haya sido recibido como el gran líder de la Alianza de Civilizaciones, sino como el estandarte de las indecisiones. En el exterior ya no valen los subterfugios para esquivar la realidad exhumando memorias, buscando chivos expiatorios o recurriendo a un lenguaje papal que exhorta y no decide.

En el cuento del rey que se pasea entre sus súbditos con una túnica que en realidad es un engaño de unos mercachifles, es un niño inocente el que descubre el embuste. ¡Está desnudo!, grita el crío. Pues bien; ahora la desnudez del Gobierno español queda en evidencia gracias a la globalización, de tal forma que se produce lo contrario de lo que sucedía antes, cuando tras un paseo por el exterior, el mandatario ofrecía un aspecto muy mejorado.

Es más, la leve corrección de rumbo obedece más a los coscorrones de los maestros extranjeros que a la inquietud que ya existía en casa. Unos se convierten camino de Damasco y otros a la vuelta de Davos o en medio de unas pías oraciones. Todo demuestra que el Gran hermano internacional tiene sus cosas positivas.

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES