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JAIME BARREIRO GIL

La flojedad del separatismo

14.01.2016 
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EL enredo catalán entra en una nueva fase, sin duda. Pero, contra la opinión de los más emotivos, creo que perdiendo fuelle. Como esas series de televisión que, a la vista de un éxito inicial de audiencia, se prolongan en segundas partes, pero sin más historia que contar. Y acaban aburriendo al espectador con episodios insulsos precisamente por eso: porque pierden la emoción. Ya están vistas.

Ahora es difícil imaginar que, sobre una precariedad política tan evidente como esta en la que entró el separatismo catalán, alguien sea capaz de generar un nuevo temario. En realidad, ya no lo pretenden: el nuevo presidente empezó su discurso de investidura diciendo que llegaba al reto con un plan prestado, el mismo que el de su antecesor, que, no lo olviden, es el dinamitador político más importante de la historia contemporánea de Cataluña y España: todo lo que ha tocado se ha roto, saltó por los aires, sin rendir, a fin de cuentas, fruto ninguno. Todo está donde estaba al principio. O peor, porque han anticipado de tal modo sus astucias, que ahora ya sabe todo el mundo que, en caso de querer hacer algo más de lo que ya hicieron, todo irá a peor. Me refiero, claro está, a la viabilidad política, jurídica e institucional de sus actos.

Al nacionalismo catalán (ojo, que ahora he dicho nacionalismo, es decir, más que separatismo; también los nacionalistas no separatistas), pues al nacionalismo catalán, digo, no le queda más alternativa que volver a jugar el juego que siempre jugó y que, éste sí, le dio los mejores resultados (políticos, económicos y culturales) que nunca había logrado Cataluña en toda su historia: reasumir, si puede, el papel de locomotora en la siempre inconclusa modernización de España y, en esa modernización, ampliar y fortalecer su idiosincrasia. No puede haber más Cataluña que esa. Lo demás es frustración, inconsistencia con la historia propia. Y pretender repararlo por una puerta falsa, otra vez, la segunda, huyendo de los problemas de España como si no fueran propios, es un fraude. Y para todos nosotros, sus vecinos, una deslealtad manifiesta. Para nosotros, que hemos aportado tanto a la prosperidad de Cataluña.

Ni Cataluña ni España, por esto que les digo, deben ocuparse ahora en cavar trincheras. Primero, porque no son contrapartes la una de la otra y, segundo, porque las guerras ya no se hacen así, a puesto parado. Y perdónenme si acabo la columna con un lenguaje tan belicista. Sólo es por la metáfora. Quiero ir justo en sentido contrario.

Doctor en Económicas