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{el sonido del silencio}

JOSÉ CARLOS BERMEJO BARRERA

La voz del pueblo

31.01.2016 
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NUESTRA POLÍTICA se centra en unas pocas ideas, repetidas una y mil veces y reducidas a lemas; y quizás ninguna sea más actual que la voz del pueblo, una idea cuya historia estudió G. Boas (Vox populi, Baltimore, 1969). Creemos, con razón, que todos somos iguales como personas, que compartimos los mismos sentimientos y pensamientos y que tenemos derecho a expresarlos individual y colectivamente. Todos queremos poder pedir lo que deseamos cuando nos falta, excepto la inteligencia, pues, como decía Descartes, es el bien mejor repartido del mundo, ya que nadie pide más porque reconozca que le falta un poco.

El derecho a expresarnos individualmente es esencial, ya que vivir en sociedad es básicamente comunicarse, pero otra cosa es el derecho a hacerlo colectivamente. El romanticismo consideró evidente que cada pueblo, asociado a su lengua y su país, se expresa colectivamente en su lengua, obra de todos y de ninguno, en su literatura oral, en su música y en sus artes plásticas, así como en sus instituciones y costumbres. La cumbre de la expresión colectiva sería la voluntad política, entendida como una voz coral que resonó históricamente en los movimientos de masas, las revoluciones y las guerras y tranquilamente en las contiendas electorales en las que “el pueblo habla” y tras las que los líderes políticos añaden: “sin duda, lo que quiso decir el pueblo fue que…”, dándose la casualidad de que casi siempre quiso decir lo que a ellos les gustaría que hubiese dicho. Y eso es así porque todo se puede interpretar de muchas formas: la victoria o la derrota, por ejemplo.

Una cosa es hablar y otra hacerlo ante un colectivo con la intención de convencerlo. Eso se hace en las asambleas, las reuniones de diferentes tipos, en los tribunales y en muchas clases de instituciones. Pero siempre se trata de lo mismo: uno o unos pocos han de convencer de algo a la mayoría, y para eso hay que dominar el arte de la persuasión, que se conoció en la Antigüedad como retórica, y a quienes lo practicaban como oradores. Un orador no busca convencer a los demás con sus razonamientos, sino persuadirlos, por eso Aristóteles decía que así como la lógica usa el silogismo, o el razonamiento, la retórica utiliza el entimema, que puede contener ideas pero que a su vez ha de saber movilizar sentimientos colectivos: de ira o entusiasmo, o de odio o compasión, por ejemplo. Desde los inicios de la historia se pensó que los líderes eran quienes tenían la capacidad de persuadir a sus seguidores. Los poetas griegos decían que las palabras del rey o el juez que administra justicia han de ser “dulces como la miel”, o sea, que han de aplacar los ánimos y crear la unión entre los ciudadanos. Pero a veces los líderes inflamaban los ánimos de los guerreros para convencerlos de la necesidad del combate. Es lo que hacía el dux, o jefe guerrero de los germanos. El dux guía al pueblo hacia la guerra y por eso su nombre deriva del verbo conducir, y por eso recientes “conductores” utilizaron la palabra para guiar a sus pueblos hacia el desastre. El Führer se llamaba así porque guiaba, como el Duce, el Conducator rumano o el Caudillo.

El romanticismo creó el mito del pueblo omnisciente, que nunca se equivoca porque es sabio y sagrado. Naturalmente que se equivoca, como cada cual, porque todos sabemos lo que queremos, pero no si hay alguna forma de conseguirlo y cuál es. Parece que la misión de nuestros líderes políticos no es solo decir que ellos saben cómo conseguir lo que queremos, sino paradójicamente también decirnos qué es lo que tenemos que desear, lo que es el colmo. Y es que la capacidad de manipulación de la opinión pública sí que es omnipotente, gracias al control y manipulación de los medios de comunicación y a la campaña de destrucción de la educación ciudadana. Así se explica que los ciudadanos se crean lemas a veces contradictorios consigo mismos. Pongamos un ejemplo. Se le puede preguntar a la gente de un país si quiere ser independiente y explicarle en qué consiste eso realmente en el campo económico y fiscal, en la educación y en su vida real, con el fin de que puedan formarse un juicio equilibrado a la hora de expresar su deseo. Eso sería política y eso sería hablar y razonar. Pero ¿qué se ha hecho recientemente en Cataluña, en vez de ofertar una opción política defendible como cualquier otra, con sus pros y contras?

Pues, para no asustar con lo de la independencia, que a veces huele a guerra, se dice que de lo que se trata es del derecho a decidir. ¿De decidir qué, que no quiero pagar impuestos? No. Se construye el siguiente razonamiento. Si usted no quiere decidir es porque es tonto o servil, o sea que si es inteligente pida que le dejen decidir. Debe usted decidir si quiere que Cataluña sea un estado, aunque yo no le digo qué significa eso. Si usted me dice que sí, entonces le dejo decir si quiere que ese estado sea independiente; si no, no le dejo decidir nada ¿Y por qué? Pues verá usted, lo que usted debe decidir es si le gusta que le roben, porque “España nos roba”. Si le gusta es que usted es tonto y anticatalán, pues ¿qué hay más catalán que el propio peculio? Sepa usted que España nos roba a todos los catalanes por igual: ricos y pobres, no se sabe si con tarifa plana o progresiva. Y que todo el mundo, menos yo, le miente. Si líderes europeos le dicen que Cataluña saldrá del euro, es mentira, le quieren engañar; si la ONU le dice que no reconocerá a Cataluña como estado también le engaña. Y ya no le digo nada de España: ¿qué se puede esperar de un ladrón? Hágame caso, si usted no es tonto, vote lo que yo le digo.

Y digo yo, señor, ¿es que la democracia consiste solo en responder a las preguntas que a uno le hacen los que mandan, o es el sistema de gobierno que mejor garantiza nuestros derechos y libertades? Para que exista una democracia no basta con que haya unos líderes que deseen “guiar” al pueblo, sin que éste sepa a dónde lo quieren llevar y enterarse solo al final del camino de cuál era el destino al que se dirigía. Una democracia solo puede ser real si además de atender a las necesidades y defender los derechos de todos y cada uno, consigue que sus ciudadanos asuman las decisiones colectivas porque estén convencidos, tras ver los problemas y comparar sus posibles soluciones, de que fueron razonables y además pueden ser discutidas y mejoradas.

(*) El autor es catedrático de Historia Antigua de la USC