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JOSÉ RAMÓN ÓNEGA

Políticos que navegan por las estrellas

27.07.2014 
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Mientras llega el éxodo agosteño de la clase media, algunos políticos buscan en los cubos de basura los restos del Estado.

Los más afanados en el rastreo son los catalanes emperrados en lograr un territorio independiente. ¿Independiente de quién y de qué? En este país, tan dado a juegos dialécticos y discusiones polémicas, se utilizan los verbos como armas arrojadizas y los adjetivos como bombas de racimo.

Los nacionalistas del Reino insultan a los estatistas llamándoles perros, lo cual no es descalificación para la clase perruna sino para los humanos. Los defensores del Estado unitario, califican de urracas a los nacionalistas que chupan la sangre del pueblo pero lo disimulan con lisonjas.

En Iberia, antes y ahora, se quiere aparentar que los lobos no cometen asesinato cuando meriendan a los corderos. Antes era por instinto y ahora por exigencias políticas. A uno le parece que la reflexión está en la dialéctica y menos en la realidad.

Los que exigen Estado federal, ignoran, o desconocen, que esta forma de organización política ya la tenemos. ¿Acaso las Autonomías no son un federalismo disfrazado? Hay sistemas federales con menos competencias que nuestros virreinatos autonómicos. Cataluña, en particular, disfruta de prerrogativas que ya quisieran para sí los modelos federales de Oklahoma o Illinois en Estados Unidos.

En Europa, regiones de tradición federalista como las dependientes de la Corona británica, darían un trozo de alma por tener las competencias que aquí se reclaman. Nos gusta gastar argumentos inspirados en la demagogia y prédicas basadas en la confusión. Por eso, desde Cataluña gritan: "España nos roba".

No sé lo que hablarán Rajoy y Mas en el próximo encuentro, pero deberían ceñirse a la realidad. El president no debería salir de Moncloa sin la certeza de que su separatismo no es viable, ni Rajoy sin la firma de que Cataluña ya tiene el grado de autonomía que demanda. Los pueblos diferenciados por razones de lengua, raza o creencias religiosas, siempre esperan al Espíritu Santo en forma de paloma. El problema radica más en una cuestión de semántica que realidad sociológica.

Por aquí he dejado alguna vez la anécdota de cuando Felipe II visitó Barcelona. Uno de sus capitanes se adelantó a la comitiva real llamando a las puertas de Monserrat. "¿Quién llama?", preguntó el monje guardián. "¡Su Majestad El Rey de España!", contestó el emisario. "No le conocemos", respondió el fraile. El emisario corrió a dar la negativa al Rey. "Volved y decid que llama el Conde de Barcelona", ordenó el Rey. Así lo hizo y de inmediato se abrieron las puertas del cenobio.

La llamada cuestión catalana contiene razones dialécticas distintas porque los argumentos en política son siempre filosofía empírica. La política inunda la sociedad como los letreros tecnicolor iluminan los taxis USA y los flyers de las discotecas más trendies de Nueva York. Los políticos, habituados a jugar en la Champions League de la sociedad, cuando no lo logran se vuelven raros y buscan dj para ganarse un show. Rajoy, sin duda, le pondrá al Honorable Mas las cartas sobre la mesa, pero con los naipes debería mostrarle las cuentas. Los políticos navegan por las estrellas, usan un lenguaje abrupto y desahogado, y no debiera permitírseles ligerezas conceptuales. Una cosa es el diálogo franco y otra distinta la cháchara soberanista habitada por argumentos de ocasión. "No se puede romper un Estado sin consecuencias", dijo Valls apoyando a Rajoy.

Ahora que se va, y no se va, Durán y Lleida, al que alguno califica de político de salón, moqueta y cenáculo, podría nombrársele mensajero de la paz.

Lo que no puede hacer el Gobierno español es dejar pasar la canícula sin dejar expedita la vereda. El viaje al soberanismo, escribe Daniel Verdú, descubre que una cuarta parte de la población catalana ha abrazado el independentismo en los últimos cuatro años. Los soberanistas habrían pasado de ser un 19% en 2010 al 45%. Si esto es así, que puede serlo, las formaciones políticas nacionales que sestean plácidamente a la sombra de los tilos, deberían encerrarse con Rajoy en Moncloa y no salir hasta trazar senderos de utilización conjunta. Pedro Sánchez, guaperas y novato, y Pablo Iglesias, coletas y admirador de Fidel, deberían mostrar cordura. En esta partida de cartas marcadas puede ayudar el francés Hollande, con su primer ministro Manuel Valls, que parece un tío competente.