El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión | opinion@elcorreogallego.es  |   RSS - Opinión RSS

{ tribuna libre }

JOSÉ CARLOS BERMEJO

El orgullo de ser profesor

02.04.2012 
A- A+

TODAS LAS PROFESIONES poseen una ética propia, definida por el conjunto de derechos y deberes que sus miembros han de tener para cumplir las funciones que les son propias. Nadie ejerce una profesión para sí mismo, sino para los demás. Una profesión es un compromiso entre quien la ejerce y la sociedad en la que vive. Y ello es especialmente cierto en el caso de la profesión docente. Un profesor es el encargado de transmitir los conocimientos del presente para el futuro, contribuyendo así a mejorar la vida colectiva, a la que se debe. Y si ese profesor es un funcionario, pagado con los fondos públicos, ese compromiso todavía ha de ser mayor.

No se puede enseñar lo  que no se sabe y para saber enseñar hay que saber aprender; por ello en la Europa del siglo XIX se crearon las “universidades de investigación” en las que sus profesores comenzaron a enseñar a los demás los conocimientos que ellos mismos crearon. Fue ese el gran siglo de las universidades, aunque no fuese así en España. En él tenemos a grandes profesores que fueron a su vez creadores de las nuevas ciencias, como Liebig y la química orgánica, W. Wundt y la psicología, C. Bernard y la fisiología. En esas universidades  y en las del siglo XX, con matemáticos como Henri Poincaré o Kurt Gödel, físicos como A. Einstein y W. Heisenberg y grandes filósofos como G.W.F. Hegel, F. Nietzsche o el propio I. Kant, que fue rector de su propia universidad, todo el mundo tenía claro que el prestigio de una universidad y el de sus profesores es el mismo. Un profesor se debía a su universidad y su prestigio derivaba de su saber, siendo reconocido por sus pares y por la sociedad en general, sin necesidad de exhibirse,  e intentar engañar a incautos con su ciencia de la “curricología”. Hubo profesores, a la vez modestos e importantes, que por el carácter poco mediático de sus conocimientos no estuvieron bajo las candilejas. En la universidad de Santiago podríamos poner el ejemplo de dos grandes juristas, A. D’Ors y C. Barcia Trelles.

La universidad ha de servir para transmitir el conocimiento. Si no lo transmite y sólo lo crea no es una universidad, sino otra cosa. Por ello sus profesores han de saber cuál es su misión esencial, sean o no creadores de conocimiento. Un profesor ha de estar orgulloso de serlo, de saber cuál es su misión. Sus conocimientos serán valorados por sus pares y no necesita exhibirlos como si fuesen las lentejuelas de su traje académico. Porque un profesor quiere ser un profesor.

Un profesor no quiere ser unas veces concejal, otras director general, otras conselleiro, otras gestor de no se sabe qué. Su misión no es saltar de cargo en cargo, dedicar lo mejor de su tiempo a la intriga académica y convertirse en un verdadero maestro de la acaparación de fondos a costa de sus compañeros, sino aprender creando el conocimiento y enseñándolo. Una universidad no es un show en el que todo el cuerpo de baile querría ser vedet, sino un proyecto colectivo al servicio del bien común. El orgullo de sus miembros sólo puede emanar de eso y sólo por eso pueden defender su autonomía. Si la mayoría de ellos cree que enseñar es un lastre en su currículum y la universidad un medio para sus fines, la universidad, incapaz de gobernarse, acabará perdiendo su autonomía, y sus profesores serán gobernados por una nueva jerarquía, que ya está en trámite. 
*Catedrático de Historia de la Universidade de Santiago