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al otro lado

PANCHO LEDO

El independentismo catalán

26.04.2014 
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EL problema catalán no es de hoy, como todos sabemos, pero nunca como ahora se ha manifestado con tanta rotundidad y audacia. La influencia de la burguesía, siempre ligada al poder económico, ha puesto su impronta al ser catalán, dejándose sentir con más fuerza al compararse con el resto de la sociedad española. Salvo las excepciones de rigor, a Cataluña llegó desde hace muchos años gente de otras regiones de bajo nivel económico y social; los ricos, la burguesía, hablaba en catalán, mientras que los recién llegados lo hacían en castellano. Al hilo de esta situación, los hijos de los inmigrantes se impusieron como meta, para obtener un buen puesto en la sociedad, hablar también en catalán. Se creó, así, una nueva situación de convivencia entre todos O se entiende esta realidad, esta simbiosis entre la burguesía y las generaciones de nuevos catalanes, urgidos en su fuero interno a incorporarse a la clase poderosa e influyente, formando un todo unido, aunque heterogéneo por su origen, o no se comprenderá el porqué una sociedad culta, con un más que aceptable nivel de vida, se deja subyugar por los cantos de sirena del aventurerismo independentista. Siempre, y pese a momentos críticos en que se puso a prueba su supervivencia, bajo las cenizas quedó el fuego latente de su nostálgica identidad. Fue suficiente que alguien soplase con fuerza, a la sombra de una aparente debilidad del poder del Estado, para que la llama resurgiese potente y presta a iluminar el más grande fraude a que se ha sometido al pueblo catalán.

Cuando don Juan Carlos, en su discurso de proclamación, expresó su deseo de ser el rey de todos los españoles sin excepción, no tuvo en cuenta que había una minoría que, al socaire de un nacionalismo histórico y muy literario, no quería formar parte de la gran familia española. Fueron -y son- los mismos para los que la generosidad de la Constitución de 1978 no fue un puerto de llegada, sino, por el contrario, una estación de salida. Se les dio el ancho campo de la libertad para sus ideas mitológicas, y la aprovecharon para ir, paso a paso, chantaje tras chantaje, construyendo el edificio de la independencia. Lo que fue un noble sentimiento de estar orgullosos de su recia personalidad, se convirtió -y no sabemos en qué acabará- en una rebelión en toda regla, incluso desde las mismas instituciones oficiales.

Siempre la burguesía catalana ha sabido estar en los aledaños del poder. Durante el franquismo -y ya es decir- consiguieron que en uno de los gobiernos de entonces existiese un ministro sin cartera "para los asuntos de Cataluña". Dialogar con esta sociedad de intereses -hoy más que nunca- es estar dispuesto a perder algo en la jugada. Hay que reconocer que los nacionalistas catalanes han sido muy hábiles en su avidez: crear el problema y después que sea el Gobierno de la Nación el que se lo resuelva.

Ha llegado el momento de decirles: os queremos mucho, os admiramos otro tanto, pero de este órdago al Estado no vais a sacar ni una astilla. Los catalanes sin militancia política lo entenderán: son muy respetuosos con la autoridad cuando ésta no se manifiesta como una abstracción, sino que se ejerce con templanza, decisión, firmeza y convicción. Y de federalismo plurinacional, váyanse con esta teoría académica a llamar a otra puerta, que aquí, en España, ya tenemos experiencia de tanta panacea, si faltarle la guinda cómica al pastel de una declaración de guerra entre Murcia y Cartagena. ¡Toma federalismo... y asimétrico, para más inri!

Abogado