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Aspas, el príncipe que improvisa el fútbol de los reyes

Con Luis Enrique al borde de la prevaricación por la alineación del lesionado Sergio Ramos, mientras el moañés Iago Aspas sigue desaparecido en las convocatorias de España, a uno no le va a quedar más remedio que subirse al tren de los forofos de Portugal. Con un poco de suerte y otra oportuna baja de Cristiano Ronaldo, como sucedió en la final de Francia, los lusos aún podrían volver a proclamarse campeones en la próxima Eurocopa multisede que comenzará a disputarse en junio. La Roja acudirá a esa cita coja en ataque, si el entrenador que ocupó el banquillo del Celta en 2013, y que también es uno de los pocos ex de Barça y Real Madrid, persiste en su error de prescindir del futbolista nacional con más clase acreditada en cualquiera de las difíciles artes de asaltar el área contraria.

Si la camiseta de Aspas cotizase en Bolsa o estuviésemos en los tiempos de Javier Clemente como seleccionador, la polémica estaría servida. El genio de Barakaldo, genuino representante de una de las mejores épocas de un fútbol vasco que hoy reverdece sus laureles con el Athletic y la Real como legítimos dueños de las últimas Supercopa y Copa –y con cinco equipos en Primera–, el técnico que desempolvó la gabarra y la echó a navegar por la margen izquierda de la ría bilbaína, apuntábamos, buena la montó en su día por precipitar el final del vuelo de la Quinta del Buitre con la camiseta nacional. La Ser lo quemó en sus llamas hertzianas por menospreciar el talento del rubio Butragueño y del moreno Míchel, los Starsky y Hutch que revolucionaron el Bernabéu como nadie lo había hecho tras el Madrid ye-yé, aunque algo tuvo que ver también que Clemente se inclinase por la compañía de José María García, pues entonces había partidos entre emisoras con más rivalidad que muchos derbis futbolísticos. El vasco prefería jugadores de carácter, como el propio Luis Enrique, a quien si hubiese tratado como él trata ahora a Aspas, quizá le habría hecho un favor, pues, al menos, le habría evitado que Tassotti le rompiese la nariz en el Mundial de EE. UU.

Si España no los quiere aprovechar, es su problema, pero en Galicia tenemos dos príncipes, el de As Bateas y el de Os Peares, en cuyos talentos no se pone el sol. Iago Aspas oxigena los océanos del fútbol igual que el mejillón que se cría en las bateas lo hace con las aguas de las rías y, como este molusco bivalvo, los platos de sus esencias complacen los paladares más exquisitos. Alberto Núñez Feijóo, artillero que centra su juego en el campo de la política, avanza por ella como el pichichi destacado de las competiciones electorales. Las urnas son su hábitat natural, como las áreas son el de Aspas. Ambos se desenvuelven como minuciosos orfebres en sus respectivos ámbitos, donde regatean con descaro a sus rivales y reciben el impagable cariño de su gente. Es este último un aspecto importante en sus carreras, ya que provoca en ellos un efecto inhibidor del gen emigrante que caracteriza a los gallegos.

Gracias a Aspas, los niños que se estrenan en Balaídos de la mano de sus padres, pierden la virginidad futbolera directamente en el paraíso. Cuando a mí me tocó el turno, hace ya algunas décadas, el delantero centro era un tal Sanromán del que guardo con cariño el recuerdo de uno de sus múltiples protagonismos fallidos. Nada más comenzar un partido ante el Real Madrid, en una época en la que el Real Madrid aún no venía todos los años, sin explicarse nadie cómo, se quedó sólo ante García Remón al borde del área pequeña y, cuando la voz de la grada iniciaba su ola sonora para cantar el gol, Sanromán mandó el balón al banderín del córner. Una acción que no podría igualar ni Guidetti, que no hace mucho, también contra los blancos, a puerta casi vacía, envió el balón al palo, pero el rebote tropezó en él y se introdujo en la portería. Ya que no dominaba el fútbol el sueco, por lo menos sí el billar.

El príncipe de las bateas al principio fue el gol. Tres veces máximo goleador nacional, igual galardón absoluto en Copa con el Sevilla, mejor porcentaje anotador en la selección y pichichi histórico del Celta. Pero después vino la magia. Aspas recibe el balón en posiciones de ataque, se gira y a su alrededor ilumina una pequeña circunferencia donde él es el centro y todos los radios son posibilidades de éxito. Temporada a temporada, estos círculos se fueron agrandando y su fama empezó a traspasar las fronteras del fútbol. Había explotado el Benzema gallego.

La selección podría disfrutarlo, pero el que presume de ser un Guardiola evolucionado continúa sin ver al príncipe de las bateas en la proa. Parece mentira que Luis Enrique haya compartido vestuario con el rey de reyes, Lionel Messi.

09 abr 2021 / 01:00
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