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AstraZeneca y el caos

    SI los responsables políticos tanto españoles como europeos estaban siendo seriamente cuestionados, ya sólo nos faltaba poner en tela de juicio también a las autoridades sanitarias. Lo cierto es que los vacilantes anuncios del Gobierno, y los contradictorios informes de la Organización Mundial de la Salud (WHO) y de la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) en torno a la vacuna de AstraZeneca, no sólo no han disipado las dudas en torno al vial, sino que las han incrementado. Incluso parece que ahora la responsabilidad y la decisión final sobre los antígenos recae en cada uno de los países.

    Primero se desaconsejó la mencionada vacuna a los mayores de una determinada edad porque no había evidencia suficiente de la efectividad de la misma, precisamente en los tramos para los que ahora se aconseja. Se especifica que el motivo es que no se han registrado casos de efectos secundarios adversos tan severos como los que han tenido lugar, aunque a pequeña escala, en los menores de sesenta años. Confiemos en que esta circunstancia no se deba a que se ha inoculado con el mencionado vial a una cantidad menor de personas de franjas de edad elevadas.

    Algunos sanitarios de renombre nacional e internacional han manifestado que lo que está ocurriendo prueba la vigilancia exhaustiva a la que están siendo sometidas las vacunas, y que quizá se esté transmitiendo excesiva información a la población. Nos gustaría pensar que, efectivamente, todas las autoridades sanitarias están vigilantes; pero lo que no pueden bajo ningún concepto es cuestionar que los ciudadanos tengamos pleno derecho a estar al tanto de todo cuanto ocurre, pues también se nos están exigiendo, y con razón, muchos esfuerzos destinados a que todos contribuyamos a contener la pandemia y preservar así nuestra salud y la de quienes nos rodean.

    Se ha reiterado por activa y por pasiva que el margen de beneficio de la vacuna anglo-sueca supera con mucho los posibles riesgos asociados. Y a la vez se verifica que sí hay relación entre el vial y episodios de trombos que en algunos casos han llevado a un número de fallecimientos que ahora empieza a trascender. Con anterioridad se nos había explicado que, como la mayoría de los medicamentos, todas las vacunas tienen posibles efectos secundarios, y que dependiendo del funcionamiento del sistema inmunológico de la población, parecen más probables en gente de menor edad, y más leves o prácticamente inexistentes en los más mayores.

    Pero una cosa es padecer dolencias o síntomas posteriores, como una febrícula, sensación de cansancio, dolor muscular, o malestar general durante unas horas o incluso días, y otra es hablar de trombosis y defunciones. Es verdad que los casos son muy escasos, pero es que estamos hablando de vidas, y todas cuentan. Los temores son comprensibles, porque si la mayoría de los ciudadanos se arriesgan diariamente al ir a trabajar, adoptan cuantas precauciones están en sus manos, y conviven con el miedo al contagio, lo que no se le puede pedir a la población es que también se preste a asumir, sin más, nuevos riesgos en forma de efectos secundarios irreversibles.

    12 abr 2021 / 01:00
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