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Ayuso: tener y no tener

    EL comienzo de curso ha sido en clave internacional. Afganistán y la huida de occidente se lo ha llevado todo, también la difícil salida, heroica en muchos casos, y las palabras de Biden, intentando capear ante los escuetos micrófonos el temporal más grande de su mandato hasta la fecha. Eso y los veinte años del 11 de septiembre han ocupado el calendario, mientras lo doméstico, lo nacional, parecía apenas una vocecita en la tarde. Salvo la luz, que ha iluminado una crisis ya en marcha, y que preocupa en Moncloa.

    En las televisiones los periodistas ensayan canutazos a las salida y entrada de las reuniones, los micrófonos se mecen como espadas, preguntan por toda esta tensión eléctrica, pero los ministros achantan la mui al pasar, y sólo Yolanda Díaz insiste que la otra parte del Gobierno ha hecho los deberes, que es para felicitarse y que la luz, o sea, va a bajar. En las dificultades siempre hay más silencios que palabras, pero Díaz maneja con soltura la cosa mediática en las distancias cortas, lo cual que por eso está ahí, entre otras cosas.

    El tema eléctrico es el tema, por encima de todos los demás, no hay debate político, ni ruido político, que pueda acallar el vacío del bolsillo, y Sánchez sabe muy bien que así es como se pierden las elecciones, más que por asuntos de ideología, incluso por movidas de socios y asuntos difíciles de la coalición. Doblegar las cifras de la factura parece un trabajo de Hércules, pero es imprescindible y el presidente lo sabe. La oposición, también.

    Justo en estas apareció la oposición, que vio los destellos de las eléctricas, pero de pronto ha reverdecido la Batalla de Madrid, aunque en otra clave. Madrid es cada vez más rompeolas: por menos de nada se monta una marejada, por no hablar del mar de fondo. Cuando Ayuso consiguió aquella victoria de las birras y estrellas, como creo que algunos la llamaron, o si no la llamamos ahora, Pedro Sánchez comprendió que Madrid estaba perdido. La pieza capitalina se resiste, incluso Ayuso pidió agradecimientos por su labor, pues había logrado que Iglesias se fuera a casa, o a las ondas, donde otros habían fracasado. Ayuso envuelta en esa bandera liberadora, sobre el oleaje de su Gran Sol particular, navegando quizás hacia el puerto de Génova.

    Lo que fue batalla muy principal por Madrid, romantizada por muchos madrileños en los aledaños del 2 de mayo, esa guerra por la libertad dorada de las cañas de las ocho de la tarde, escondía en realidad una guerra más fuerte, pero doméstica, una matrioska de, quizás, legítimas ambiciones, que era dentro de su propio partido. Ya decía Pío Cabanillas: “al suelo, que vienen los nuestros”.

    No llegará la sangre al Manza-
    nares. Mientras Sánchez y su equipo intentan apagar la crisis de la
    luz, los populares parecen protagonizar la segunda Batalla de Madrid, ya digo, quizás porque las encuestas las permiten oler poder y gloria, y eso anima mucho. Ayuso no llegó hasta aquí para no disputar la final, eso es seguro.

    Le dicen que menos prisa, que ahora no toca, mientras recogía un premio en el Leoni de Milán y Penélope Cruz la Copa Volpi en Venecia. A esta película se ha sumado Martínez-Almeida, en la competencia por Madrid, cuando a los dos los retratan como pareja (política) de moda capitalina, tan cinematográfica. Y Aguirre, en las últimas horas, detonando unos titulares. Se diría que Ayuso, a pesar de la sonora victoria de aquel día, se siente a medio camino, entre tener y no tener. Sánchez, mientras, buscando esa luz que le ilumine, a pesar del precio.

    15 sep 2021 / 01:00
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