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Castelao, revisitado

    EN MIS MANOS este volumen delicado, 118 páginas: ‘Cosas’, de Alfonso Daniel Rodríguez Castelao (¿por qué nadie lo llama con todo su nombre?). Lo publica Libros de Asteroide, que siempre publica cosas hermosas. Tiene un tono naranja cítrico. En la portada está uno de esos dibujos maravillosos: corresponde a ‘El padre de Migueliño’. Bueno, es Migueliño, ¿no? Ese que escudriñaba a todos los padres que llegaban de América, aquella tarde, o aquella mañana. Sí, es Migueliño contemplando el retrato de su padre.

    Luis Solano, el editor, se acordó de este libro único y decidió traducirlo junto a Domingo Villar. En la presentación, muy reciente, hablaron con Henrique Monteagudo de lo que estas breves y sencillas historias supusieron, de cómo en ellas se capta con gran ternura, puede también con dureza, lo más inmediato del ser gallego, de la tierra y la gente. Hacía cincuenta años que no se editaba al castellano.

    Todos conocemos ‘Cousas’, claro está. Todos reconocemos esos dibujos inconfundibles, la marca del artista, una depuración mágica de nuestro ser, como la prosa destilada, limpia como un rio sobre el lecho verde. Habla Domingo Villar, en el prólogo, del río Té que surca las parroquias de Rianxo, que atraviesa un bosque poblado de árboles diversos y frondosos, y se acuerda así del perfil poliédrico, interminable, de Castelao, que lo fue casi todo, en tiempos de tanta orfandad. Un árbol, un bosque, mejor, con ramas que llegaban a todas partes, ilustrador, ensayista, médico y político, articulista, investigador, etnógrafo y sociólogo... Todo cabe dentro de él.

    Castelao deja casi medio centenar de historias breves y bien delineadas, con trazos limpios, como los de sus dibujos, historias que será verdaderas o no, nacidas de lo popular, acaecidas quizás en su entorno, o en el entorno de los conocidos, historias que se enredan en las charlas del anochecer, en el hablar pausado y aparentemente intrascendente. Y así, con leves pespuntes, va tejiendo el magnífico tapiz de la realidad de este país... No necesita complejos giros narrativos, sólo ese deslizarse del agua sobre el lecho del río. Algunas historias, sí, tienen más encarnadura, más armazón de cuento largo en sus cuadernas, pero otras son apenas un apunte leve, o una sonrisa en la que se mezcla, con extraña pericia, el humor con una profunda compasión.

    Es un texto compasivo, me parece. Habla de lo desvalido, de lo abandonado, de lo injustamente maltratado. De las esperanzas vanas, del dolor de la ausencia. Esa limpieza argumental, esa palabas redondeadas, esa nostalgia sujeta en el último instante, esa humorada que convierte el gesto triste en una sonrisa quizás desvaída o forzada, es, finalmente, la textura de nuestro ser.

    Es la calle, el campo, la casa. El mar. Es la distancia. Es la vida triunfante o la derrota, y el regreso a la búsqueda de la moneda enterrada en la infancia. Es el milagro. Es la locura. Es el hijo perdido o no tenido, la tragedia, la borrachera, el amor frustrado, la soledad no pedida, la resistencia. “No os riais, que es cuento triste”, dice Castelao. Serviría para muchos de ellos.

    Los traductores, dicen, estuvieron al cuidado de la gran poeta Dores Tembrás, en su búsqueda de palabras. Mantienen vocablos más bien gallegos, como ‘congostra’, o algunos más gallegos que castellanos, como “sachar”, y dicen “siña” y “padrenuestriño”. Todo está envuelto en una atmósfera de río y bosque. De caminos. De cruceiros. De barcos. El escenario de un escritor silvestre, que es lo que Castelao siempre quiso ser.

    14 oct 2021 / 01:00
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