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Con respeto

    AUNQUE trabaja en otro medio y pueda haber algo de competencia entre este y ese otro, no creo que sea improcedente enviar un saludo a Iñaki Gabilondo, que acaba de comunicar a sus lectores y oyentes su decisión de abandonar, aunque no sea del todo, la trinchera de la crítica periodística.

    Creo que, por poco que sea el abandono, los demás, todos, incluidos los que no comulguen con sus posiciones, perdemos mucho. A no ser, claro, que mientras estuvo en el ejercicio de su labor hayamos sido capaces de aprender algo de él, lo que ya se irá viendo.

    En su declaración de retirada el maestro Gabilondo vino a decir que está un poco hasta el gorro de la política o, mejor dicho, de la degradación que de la misma se viene produciendo en España de un tiempo a esta parte.

    Y el harto, seguro, no sólo es él. Yo, que también lo estoy, creo que son muchos los españoles que reniegan del vocerío, la simpleza y las malas artes discursivas con que se desenvuelven últimamente los referentes políticos y todos los demás que aspiran a serlo. La política, así, se ha vuelto barriobajera y tabernaria. Y no gusta. ¿Cómo va a gustar?

    Rechazamos ese estropicio, especialmente, los que hemos aprendido a evitarlo desde 1978 a esta parte, esforzándonos mucho en poner en valor el respeto democrático, a pesar de la discrepancia, por fundada que pueda estar. Es una actitud en la que uno sostiene sus convicciones sin cuestionar la legitimidad de las del otro. Cada uno en el ejercicio de su respectiva libertad, pero con respeto mutuo.

    Cuanto más cuando en esta España, precisamente gracias al ejercicio democrático de la política, tanto entre vecinos como incluso entre familiares, proclamamos convicciones políticas diferentes sin que eso sea causa, por fin, de ninguna incomodidad. Esa es la vida que, creía yo, hemos aprendido a vivir. Y a mí me gustaba.

    Lo que también creo es que no somos sólo los opinadores los que nos vamos cansando del lío político. Entre otras cosas porque no es más fácil buscar las bases de una opinión bien sustentada que dejarse llevar por la verborrea del partidismo o las simpatías presumidas.

    Hay mucho de eso. Aunque así, en realidad, puede quedar oculta la verdadera opinión de quien la proclama, que, en realidad, ante la del partido, no importa nada. Es el abaratamiento del producto. Las rebajas. Y eso, en cierto modo, no es política, ni vale la pena que lo sea.

    Déjenme añadir que, para mí, Iñaki Gabilondo es un gran señor. Un gran profesional, cuya labor, que no tiene recovecos de ocultamiento, es material pedagógico para la buena convivencia.

    14 ene 2021 / 00:00
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