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¿Credibilidad?

    CADA día que pasa con reproches políticos cruzados y declaraciones de esas tan ligeras que siempre se las acaba llevando el viento, retumba en la cabeza la frase de una compañera de profesión hastiada tras años de cobertura política diaria: “Prefiero no ir a votar, cuanto más los escuchas, menos te los crees”.

    A quien por naturaleza tiene convicción democrática y fe en el poder de cambio las palabras le resultarán chirriantes, pero este año de pandemia ha servido para crear una población cada vez más descreída por si no era suficiente ya con el desánimo imperante tras las sucesivas repeticiones electorales recientes.

    En las últimas horas, la confianza de los responsables de Sanidad nacionales en la fiabilidad de AstraZeneca, o de la Agencia Europea del Medicamento, ha sido recibida por muchos ciudadanos con algo de desconfianza. No es que a la sociedad le haya entrado el mal Miguel Bosé, sino que desde hace un año las declaraciones políticas han perdido el poco peso que les quedaba.

    Fuese por desconocimiento de lo que se venía encima –lo cual no es justificado entre personas que tienen a un país sobre sus manos al frente del Ministerio de Sanidad– o por rebajar la tensión, se empezó por el entonces nada oportuno uso de la mascarilla, se continuó con los plazos de vuelta a la normalidad ahora impensables, se gestó un verano más parecido a una fiesta universitaria americana que a una pandemia mundial, más un largo etcétera con -19 como apellido.

    Por si lo nacional queda muy lejano, aquí van dos ejemplos locales. Primero, mientras el PP intenta sacar los colores a la población por haber acudido con antelación a la Sala Eisenmann del Gaiás a su esperada cita con la vacuna, parece que le cuesta menos reconocer sus propios errores y se olvida de las cuentas de la lechera del calendario de vacunación. Las mismas cuentas que en una semana ha decidido acelerar, eso sí, sin tocar un ápice la cantidad de personal o de medios.

    Cabe recordar que la vacunación masiva del Gaiás se cuenta con los dedos de cuatro manos: 16 puestos. Quizás también ayudaría que los dirigentes que, como Comesaña, han semiabroncado a la población, diesen un paseo por los centros de salud colapsados y viesen a las enfermeras recorriendo tres calles para llamar a los pacientes.

    Segundo ejemplo, el PP prometió hace ya más de un lustro derribar la Casa da Xuventude, y aseguró que había proyecto sobre la mesa y consenso absoluto. Spoiler: no pasó. Compostela Aberta prometió renovarla, darle vida. Spoiler: tampoco pasó.

    A nuestros políticos, del color que sea, les gusta sacar pecho con la mentira o la exageración. Buena muestra es la familiar y envidiable relación que PSOE y Unidas Podemos han intentando vender desde el principio del Gobierno de coalición.

    A estas alturas de la vida democrática, los ciudadanos ya son capaces de asumir que papá y mamá no siempre se llevan bien pero, por favor, no nieguen las evidencias. Las promesas, tengan el color y el logo que tengan, las exageraciones y las mentiras no se las lleva el viento: no echemos después las manos a la cabeza con las abstenciones de los pobres ciudadanos aborrecidos de palabrería.

    09 abr 2021 / 01:00
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