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Desafueros en la tasa turística

    PESE al batiburrillo de actos de dudosa efectividad –una foto– y depredadores de dineros públicos, multiplicados en el laico Xacobeo a la sombra del Año Santo Compostelano, no puede decirse que ni Xunta ni Ayuntamiento compostelano destaquen en el estudio y puesta en práctica de las más modernas y sostenibles políticas turísticas como evidencian –como anécdota– las webs de ambas instituciones. Simples guías turísticas.

    Se entiende, así, que Xunta y Concello propicien la implantación en Santiago de una tasa turística con el sólido argumento de que “lo hacen otras ciudades europeas”, un reflejo más de la inopia de los representantes públicos respecto de la imagen de marca que desde hace tantos siglos singulariza a la ciudad y motiva al visitante, con el monocultivo religioso como principal pilar. Si se quiere otra cosa, trabájese.

    Obsesionados por la rentabilidad de lo numéricamente cuantioso, propician un turismo de foto y urgencia –lo que la periodista Marcela Santorum definía en un diario gallego como el narcisismo del visitante en quien lo que prevalece no es el otro, la cultura que se visita, sino la propia proyección “que se materializa nunha miserabel imaxe que esgota a súa existencia fantasmal dun intre nas redes sociais”–. Se olvida que lo que define un turismo de calidad no es un producto sino una experiencia –más participativa que contemplativa– y ésta sobrepasa en exigencia toda esa propaganda que, como ya se dijo aquí (Rede Galabra), acaba por decepcionar al turista respecto de la imagen prefijada con que acudió a Compostela.

    La implantación de la tasa turística en Santiago se sustenta en un trabajo universitario que, aunque no pasa de la categoría de un TFG, aconseja como primera medida la ordenación de los flujos del centro histórico que “reduza a conxestión, que acaba por impoñer custos en tempo aos propios turistas e aos cidadans”. ¿Lo hará la municipalidad? Signifiquemos también que dicho trabajo fue contestado, en cuanto a la tasa, por destacados economistas vinculados estrechamente al redactor del mismo.

    Es tal la perversión del interés recaudatorio que hasta la municipalidad reconoce, según recoge la prensa tras la reunión Rueda-Bugallo del viernes, que dicha tasa “supondría un ingreso extrapresupuestario para Compostela que serviría para paliar la congelación de la tarifa de la partida por la capitalidad” en manifiesta desvirtuación de la finalidad que debe regir todo canon, reconvertido además en impuesto al querer fijarse en función de la capacidad económica de los obligados a su pago.

    Como perversión es, asimismo, negar que los pretendidos costes que en servicios generan los visitantes no tienen una clara reversión indirecta que acaban siendo rentables para ciudadanía y municipalidad, regalías del Consorcio al margen.

    En vísperas del Año Santo, Patricio Sánchez, subdirector del Foro Económico de Galicia, renegaba del cortoplacismo e invitaba a decidir qué queremos que Galicia sea en la próxima década en la esfera turística internacional. Después de la oportunidad perdida –pese a lo cuántico– de dos Xacobeos consecutivos, la conclusión no puede ser más desoladora. Olvidar que Compostela, antes que destino, es final de una ruta.

    24 oct 2022 / 01:00
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