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¿Despierta la España vaciada?

    EL mito de volver al campo a recuperar las raíces está muy bien, pero el campo no va a esperar por nosotros. No se mantiene solo, aunque lo creíamos. Los que nacimos en el mundo rural nunca pensamos que allí fuera necesario el mantenimiento. La naturaleza se encargaba de casi todo. Luego, en las ciudades veíamos el trajín de los camiones de limpieza, la mueblería urbana de dudoso gusto, y más adelante el adecentamiento de las fachadas, muchas realmente feas, por qué no decirlo, pero que recibían más atención en una década que todo el patrimonio artístico desperdigado por el rural durante un siglo. Es lo que hay.

    Ahora, el campo se pone de moda con la pandemia, como una especie de huida. Más espacio, menos vecinos, reglas más laxas, quizás. Casi todo tiene que ver con los problemas de la vivienda, desde luego, pero también con un deseo de apartarse del ruido, en sentido real y metafórico. Pero ya no queremos un campo absolutamente aislado, es decir, no conectado, por mucho que se diga que son magníficos los lugares sin cobertura. Lo son, pero no para el ejercicio de un trabajo, salvo que sea el de escritor apartado.

    Existe en España una gran división provocada por la falta de recursos y la despoblación, uno de los síntomas más graves de desigualdad. La España vaciada, mejor que vacía, que fue como la llamó Sergio del Molino, es la pescadilla que se muerde la cola: quiere atención, pero tiene pocos votantes, lo cual hace que su presión no sea suficiente. Hasta que llegó Teruel Existe. Aquí empezó a armarse esa conciencia local, alejada de los núcleos de decisión, que vio el resquicio de hacerse necesario, aunque fuera apuntalando el poder. Revilla, en sus múltiples comparecencias televisivas, siempre acaba sacando la factura: estar ante las cámaras es una de esas pocas oportunidades. El caso es lograr atención o hacerse imprescindible, que es lo mejor de todo.

    La conclusión es que hay que estar en Madrid, no porque Madrid sea España, o España Madrid, sino porque hay que estar donde se corta el bacalao. Las cosas siempre fueron así, para qué engañarnos. Hablan de presentarse a las elecciones. No sé si como plataforma o con sus partidos locales, pues cada lugar tiene sus reivindicaciones, aunque muchas se parecen. Si el movimiento España Vaciada cuaja, los grandes partidos (y los pequeños) podrían sentirlo en las urnas. Siempre hay ideologías, pero aquí parecen pasar a segundo plano. Los que hablan consideran que la política los ha olvidado, así que harán política, pero de otra forma. Retando a los habituales. Buscando erosionar su granero. Porque una cosa es predicar y otra dar trigo.

    La paradoja es que en plena revolución de los transportes los pueblos se sienten más alejados que nunca. Cada día desaparece algo: un cajero automático, una oficina, un servicio. O el último bar. Más allá de los asfaltados y las farolas de turno muchos se preguntan por la modernidad. Más aún cuando escuchan que los fondos europeos y los de cohesión tendrán que llegar, que estamos en Europa, pero el país está sumido en un carrusel de desacuerdos, en un exceso verbal, y todo son pantallas y voces cruzadas, mientras el viento sopla sobre las casas vacías que construyeron nuestros padres. Cuando creyeron que allí se podía edificar una vida para siempre.

    26 nov 2021 / 01:00
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