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ABEL VEIGA

La España que es

21.01.2020 
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NO sé, querido lector, qué España es, tampoco qué España será. Sí sé que son siglos de España. De un gran país con una sociedad mediocre empeñada en crispar permanentemente la convivencia a lo largo de los años. España está sumamente polarizada y lo está por el cinismo y el cainismo con que nos fustigan los partidos. Nunca ha habido tanta mediocridad en un liderazgo que no existe verdaderamente. Se quejaban, nos quejábamos de lo anterior, de lo viejo, del comportamiento de otros políticos de primera línea que ya no están, de ruptura generacional con la España de hoy.

Nunca como hasta el presente ha habido en nuestro país (democrático) tanta tensión y tanta confrontación. Tampoco los desafíos habían sido tan graves. España ha cambiado. Y la España de las autonomías ha colapsado. El egoísmo, el maniqueísmo, la voracidad del nacionalismo, el efecto contagio a otras regiones y provincias, la necesidad de diferenciarse y de desigualdad con que algunos entienden la pluralidad de España ha entrado en un callejón sin salida.

Es cierto que la España que es cada vez es más irreconocible con la España que era. Pero el ser, el haber sido y el será solo depende de nosotros mismos. Para lo bueno y también para lo malo.

Arrancó una legislatura sumamente difícil, compleja y extraordinaria en acontencimientos y, sin duda, en crispación. No va a existir tregua por parte de nadie, ni por los partidos hasta ahora que se dicen constitucionales, como si hubiere que adjetivarlo de tal modo, frente a otros que no se sienten así pero que, sin embargo, se sirven del sistema. Frente al sentido común el dislate.

La oposición va a pintar un escenario dantesco, apocalíptico, muy en su estilo de cuanto peor mejor. De eso siempre ha sabido mucho para llegar al poder. Véase la actitud de los últimos años de Felipe González o la que hubo hacia Zapatero. Sobre todo una oposición de derechas que no sabe siquiera en qué lugar está ahora mismo y con el aliento acosador de la ultraderecha que le está comiendo terreno.

En un escenario crispado ganan los extremos, no la moderación, menos la impostada, de esto sabe mucho el Casado de febrero cuando propinaba una retahila de 21 insultos seguidos a Sánchez y que se llevó el mejor de los correctivos a su verbo dislocado y mordaz aunque no propio, las urnas y sus 66 escaños. Los cambios no son creíbles y en esto le llevan delantera. Podemos también se polarizará. Han salvado los muebles. Pero el nacionalismo no hay quién lo doblegue ya.

España asiste a un cambio sin precedentes en el poder como nunca antes ha conocido. Hay recelo, hay dudas, incluso preocupación. Pero es la democracia. Veremos hasta donde aguantará la tensión de la cuerda. Nadie quiere ceder absolutamente nada y menos tender puentes. ¿Qué es el cambio como recordaba el desaparecido Oneto a Felipe González en 1982? Y éste contestó, que el país funcione. Ahí es nada. Este es el reto del Gobierno, que el país funcione y que no todo descarrile. Dinamiteros o dispuestos a serlo van a haber muchos.

Lástima que el Partido Popular no hiciera algo más de caso a uno de sus barones, el gallego, y tratara de llegar a acuerdos con un Sánchez a la desesperada por apoltronar su poder en Moncloa, no el del "partido socialista".

A escasas horas de iniciarse el debate de investidura nadie entendió el pronunciamiento de la Junta Electoral. No existen casualidades y menos que toda la derecha se atribuya la paternidad del resultado. Mal ejemplo. En España nunca existen casualidades, solo causalidades. Dudo sinceramente que tenga competencia la Junta para destituir a un presidente autonómico. Y ¿por qué se ha esperado tanto tiempo desde que Torra se lanzase al monte de la coreografía escénica soberanista de pancartas?

El tema catalán si llega a encauzarse, y esto es harto complejo, solo se podrá hacer con dosis de realismo, tolerancia y sentido común.

Por cierto ¿y de la economía qué?, ¿y de las pensiones?, ¿y de la sanidad?, ¿y del nivel de nuestros políticos? Casado prefiere hablar de la pérdida de dignidad del presidente. Ahí es nada. ¿Cuántas lecciones de decencia impostada quieren algunos propalar? Preparémonos para el espectáculo y para los decibelios. Para los discursos vacíos y altisonantes y para que España se hunda algo más. Esto sí será mérito de nuestros políticos.

Profesor universitario