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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Amancio, galego coma ti

26.05.2019 
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HAY en la literatura científica multitud de títulos destinados a explicar cómo influye el aprecio social del éxito en el desarrollo de los países. Ya se sabe que Max Weber fue un pionero al relacionar la ética del protestantismo con el progreso de ciertas sociedades y la decaída de otras, pero después del sabio alemán ha habido cantidad de teorías que, sin embargo, no pueden compararse con la que nos ofrece Julio Iglesias. Sí, el de "me va, me va, me va". El cantante refiere una anécdota que se ubica a ambos lados del Atlántico y que paso a contarles aunque quizá algunos de ustedes ya la conozcan.

En la primera escena la estrella circula por España en un descapotable rutilante, conducido por Julio y repleto de chicas despampanantes que ondean al viento sus melenas rubias. En un semáforo se detiene al lado un vehículo renqueante ocupado por personas vulgares que no tardan en dirigir miradas cargadas de odio a la carroza que lleva a las sirenas y el trovador de origen gallego. En el segundo cuadro, un coche similar al de Julio y bellezas parecidas se paran también en un semáforo que no está en tierras españolas, sino hispanas. En Miami.

Próximo a ellos queda un auto más costroso que el anterior lleno de personajes salidos de los suburbios que miran con atención la carrocería y las carrocerías, y reconocen finalmente al cantante. Estalla de repente el júbilo: lo saludan, aplauden y hacen gestos con el pulgar levantado. Mientras que antes la presencia de Julio Iglesias suscitaba resentimiento, en este caso provocaba alegría. En Florida aquel vehículo era un símbolo de éxito que permitía admirar ese ascenso social tan arraigado en el sueño americano; aquí se veía como una insultante chulería que sólo merecía desprecio.

Los episodios no son recientes y por lo tanto no es necesario aclarar que el culto al éxito sigue vigente en los Estados Unidos (y es compartido por el gigante chino), pero en nuestro país ese rencor contra el triunfador ha quedado atrás, por más que queden vestigios como se ha visto estos días con la inicua campaña contra las donaciones de Amancio Ortega. Que determinados sujetos hayan elegido como desahogo de sus frustraciones al protagonista de una de las historias más hermosas de superación y filantropía, indica que uno de los símbolos más retrógrados y reaccionarios de la España negra aún colea. Recordemos que durante siglos el oscurantismo penalizó el éxito basado en el trabajo o el comercio, ensalzando de paso la holganza aristocrática y poniendo así las bases de nuestra decadencia.

Una holganza pretendidamente progresista hace lo propio a estas alturas del siglo XXI, con una mentalidad que ataca al rico sin reparar en el origen de la riqueza ni en el empleo que se hace de ella. Dado que la riqueza para los nuevos buscadores de pureza de sangre es sospechosa venga de donde venga, Amancio Ortega pasa de ejemplo a emular a figura de vudú en la que clavan alfileres. La reacción unánime contra quienes no tienen otro objetivo que la destrucción, indica que el país cambió y ya no tiene nada que ver con quienes odiaban con la mirada a Julio. Ladran; cabalgamos.

Periodista