El Correo Gallego

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Ana y Miguel

14.10.2018 
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IGNORO si existe algún acuerdo implícito de confidencialidad sobre lo que ocurre dentro del salón donde se celebra la gala de los Gallegos del Año. Si es así, pido perdón de antemano a mi director y solicito a los lectores que olviden lo que van a leer, pero un periodista no deja de serlo nunca y no puede pasar por alto estas cosas. No voy a relatarles ninguna infamia o intimidad lasciva que se haya producido en la media luz de la estancia, sino algo grato: una conversación tranquila de dos personas a las que solemos ver frente a frente en el cuadrilátero.

Se trataba de Ana Pontón y Miguel Tellado, a los que incluso los menos informados identificarán como la lideresa del BNG y el secretario general del PP gallego. Una feliz perversidad del protocolo los situó juntos y más de uno pudo observar que no fue necesaria la intervención de la fuerza pública para separarlos. Charlaron, sonrieron en alguna ocasión y dieron la impresión de ser dos conocidos que mantienen una relación normal. Tal vez los más perspicaces se darían cuenta de que a veces miraban a su alrededor, como si sintieran un cierto pudor por esa proximidad, pero fue un gesto que se disipó a medida que avanzaba la noche.

En su vida pública ambos tienen el papel de políticos feroces. Esgrimen el látigo dialéctico contra los adversarios y son el contrapunto de sus compañeros de partido más sosegados. En un caso Pedro Puy y en el otro alguien que no recuerdo, la verdad. El caso es que los dos dirigentes que juntos vieron desfilar a la selección gallega de hombre y mujeres notables, ocupan en la política gallega un papel semejante del de los defensas centrales, aquellos que dejan pasar un balón y también a un contrario, pero nunca a un contrario con balón; a ése lo paran por lo civil o lo criminal.

Echen a volar la imaginación y supongan que las cosas sucedieran al revés. Ana y Miguel o Miguel y Ana que tanto monta, con una relación discrepante, antagónica, pero correcta en el escenario parlamentario y mediático, y huraños y distantes en el acto del pasado jueves. ¿Habría muchas deserciones en su electorado? ¿Creerían los votantes nacionalistas que su líder los traicionaba si hablara sin palabra gruesas? ¿Se sentirían escandalizados los electores populares si el secretario general bajara el diapasón? Uno cree que no. Y sin embargo los expertos en estas cosas dicen lo contrario y aseguran que el lobo feroz es el mejor modelo de comportamiento partidario.

Hombre, tampoco se trata de ser Caperucita sino de buscar una vía intermedia. Con todo, late aquí una confusión que se manifiesta en el sistema de primarias en sus diferentes variantes. Militante o votante. ¿A quién debe considerarse dueño del partido, y ante quién ha de "actuar" una voceira o un secretario xeral? El comportamiento feroz basado en declaraciones estridentes y gestos belicosos, responde a la idea de que el militante más correoso es el que manda. La charla de Ana y Miguel agrada al elector templado. Mientras tanto José Manuel Romay, en el climax del festejo, alababa una transición que se hizo para ciudadanos y no para militantes. He ahí la cuestión.

Periodista