El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

TRIBUNA LIBRE

ANTONIO VIÑAL

La codificación y decodificación del Derecho Internacional

19.05.2019 
A- A+

La editorial española Tirant Lo Blanch ha tenido el buen acierto de publicar recientemente el libro que lleva por título "La codificación y decodificación del derecho internacional por los organismos internacionales", escrito por un experto en la materia, tanto en su vertiente práctica como teórica, como es el diplomático y profesor chileno Samuel Fernández Illanes, y en el cual aborda desde una perspectiva sumamente atractiva y clarificadora una cuestión clave para la evolución del derecho internacional.

A tal efecto, estructura la obra en seis capítulos, y plantea en el primero, a modo de reflexión introductoria, una cuestión que constituye el hilo argumental básico, si ha existido una auténtica codificación o, por el contrario,  tan solo una simple recopilación; reproduce, en el segundo y en el tercero, distintos ejemplos  e intentos codificadores llevados a cabo por diferentes organismos internacionales, sumamente ilustrativos para poder conocer el origen y desarrollo del proceso; profundiza, en el cuarto, en la codificación mundial actual, destacando a este respecto el trabajo desarrollado por el Comité Jurídico Interamericano y, en el Sistema de Naciones Unidas, por la Comisión de Derecho Internacional (CDI), y de forma distinta, aunque no por ello menos importante, por la Sexta Comisión de la Asamblea General, o por otros actores pertenecientes a la FAO o a la UNESCO; evalúa, en el quinto, la labor codificadora de las Naciones Unidas; y retoma, en el sexto, para concluir, el interrogante inicial al preguntarse si se ha logrado codificar o no el derecho internacional.

En este proceso, el autor atribuye un papel esencial, como acabamos de ver, a las Naciones Unidas, sus órganos y organismos, que él conoció muy de cerca como miembro de la Misión de Chile ante dicha Organización y como delegado de esta última en la Sexta Comisión. A través de esta doble condición, que le permitió observar desde dentro los cometidos de dichos órganos y organismos, examina la tarea realizada por la CDI, partiendo de los objetivos que le asigna su Estatuto, el desarrollo progresivo y la codificación del derecho internacional, pero que en la práctica, como señala acertadamente, han quedado reducidos a uno solo, que en cierto modo se nutre de ambos, pero que en cualquier caso ha permitido a la CDI desarrollar una ingente tarea a lo largo de los años, como lo prueban muchos de los tratados elaborados en su seno, y entre los cuales habría que mencionar las Convenciones sobre el Derecho del Mar, sobre Relaciones Diplomáticas y Consulares, sobre Derecho de los Tratados o sobre Sucesión de Estados, por no citar más que unas cuantas. Al hacer este examen, sigue, entre otras fuentes doctrinales, al profesor Jiménez de Aréchaga, y recoge la distinción establecida por éste entre los efectos declarativos, cristalizadores y constitutivos de las normas convencionales, especialmente interesantes en este último caso cuando éstas, las normas convencionales, pueden llegar a convertirse en normas consuetudinarias.

Si la CDI está compuesta por treinta y cuatro miembros, juristas de reconocido prestigio, elegidos o reelegidos de una lista de candidatos propuestos por los Estados Miembros, la Sexta Comisión lo está por delegados de estos Estados: a semejanza de la CDI, la Sexta Comisión elabora proyectos de tratados, como contra la Toma de Rehenes, que luego somete a la aprobación de la Asamblea General, pero a diferencia de ella elabora también proyectos de resoluciones, declaraciones o decisiones, que somete igualmente a la aprobación de la Asamblea General, y que en principio carecen de valor jurídico vinculante, aunque, como indica el autor, la respuesta no es sencilla.

En este contexto, se pregunta, primero, si sólo existe un proceso codificador cuando los Estados u otros órganos competentes son convocados expresa y taxativamente para ello; y, segundo, si existe una codificación espontánea: a la primera interrogante responde con la Declaración Universal de Derechos Humanos, que hoy en día, pese a que tal vez no fue esa la intención inicial de los que la aprobaron, es un instrumento que para muchos ha alcanzado rango de norma imperativa; y a la segunda, con otra interrogante, tras reconocer previamente que una costumbre internacional se forma de manera espontánea cuando se da la "opinio iuris" y, por breve que sea, la práctica uniforme: ¿no podría esto inspirar a su vez un efecto codificador espontáneo?

Al evaluar la labor codificadora de las Naciones Unidas, el autor admite que esta labor, si bien ha sido "enorme y trascendente", no toda ella ha sido "óptima", ni tampoco un "éxito". Al detenerse en los fracasos, concretamente en algunos de los proyectos de tratados elaborados por la CDI, que, luego, tras ser aprobados, no han conseguido entrar en vigor debido a sus escasas ratificaciones, menciona dos: la Convención sobre representación de los Estados en sus relaciones con Organizaciones Internacionales de carácter universal y la Convención sobre sucesión de Estados en materias de bienes, archivos y deudas. A estos dos cabría añadir un tercero, si acaso, el relativo a la Convención sobre la responsabilidad del Estado por hechos internacionalmente ilícitos, que, tras haber sido terminado por la CDI, la Asamblea General se limitó simplemente a "acogerla con beneplácito" y a "tomar nota de sus artículos", señalándolos a la atención de los gobiernos "sin perjuicio de la cuestión de su futura aprobación".

Esta situación tal vez se debe, en opinión del autor, a que "la característica habitual en la actualidad, y frente a casos que no reúnen el consenso necesario, sea la de priorizar la lentitud en la codificación"; o incluso, como advierte más adelante, a un proceso inverso, de carácter centrífugo, la decodificación, "como crisis de una soberanía estatal-nacional que se ha visto fragmentada".

A punto de terminar, el autor se pregunta, a guisa de conclusión, si se ha logrado verdaderamente codificar el derecho internacional, a lo que responde que "salvo destacadas excepciones temáticas que han logrado recopilar la mayor parte de las normas consuetudinarias generales y en un solo texto (...) las demás han evolucionado y continúan haciéndolo a través de sus múltiples instrumentos posteriores que forman parte de la llamada parcelación expansiva del Derecho Internacional, o más bien son representativas de su desarrollo progresivo que de su codificación propiamente tal".

Ello no implica, prosigue el autor, que el derecho internacional esté en crisis o que haya finalizado su evolución progresiva, ya que todos los organismos internacionales continúan sin pausa su labor legislativa, aunque, reconoce, de manera fragmentada, lo cual no es mejor ni peor, pues lo auténticamente grave sería que el derecho internacional perdiera su impulso legislativo.