El Correo Gallego

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LOGUIÑO DE CRAREAR

XOSÉ RAMÓN R. IGLESIAS

Aprecios y desaprecios

14.10.2018 
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Aun vaciándolo de toda su teatralidad -que sería desvirtuar su verdadera esencia-, el Parlamento de Galicia no parece ser el mejor lugar para hacer amigos. En este sentido, es más auténtico que el español, donde la rivalidad política -salvo que sea entre señorías del mismo partido, que ahí la cosa ya se pone fea- no sólo apenas afecta a las relaciones personales, sino que, en ocasiones más que contadas, da paso a bonitas y extrañas amistades.

El diputado del PNV Aitor Esteban le reconocía hace un par de semanas a su paisano Iñaki López, en La Sexta noche, que queda habitualmente a comer con el exportavoz del PP Rafael Hernando. Y lejos de avergonzarse de esta fraternidad de mesa y mantel con un contrincante con quien se las tuvo desde la tribuna del Congreso, todavía fue más lejos y admitió su buena sintonía en el trato íntimo con Mariano Rajoy, con quien también manifestó que le gustaría iniciar, sin aclarar si en trío con Hernando o por separado, una relación de restaurante -en este caso, que se prepare para una sobremesa larga-. Ya se sabe que a los vascos se les seduce por el estómago, pero ¿alguien se imagina en Galicia al portavoz parlamentario del PP Miguel Tellado invitando a comer a la líder del BNG, Ana Pontón, o viceversa? Aquí las cosas son más tensas, pero también más puras. A fin de cuentas, entre un entrante de calamares a la romana y una ración de cocido madrileño, degustados en compañía de sus queridos comensales populares, Aitor Esteban descabalgó a Rajoy de La Moncloa y acabó votando a favor de la moción de censura de Pedro Sánchez.

Históricamente, el hemiciclo gallego siempre fue una cámara de brillantes oradores e impetuosas, cuando no iracundas, discusiones. En Madrid, que son algo más duros de oído, es tradición medir las controversias parlamentarias por el índice de los decibelios que generan, mientas que aquí la crispación se calibra por parámetros que guardan más relación con la agresividad de los contenidos. El nivel suele estar alto, pero aun así, siempre hay momentos especiales para que entre en escena la cordialidad. El presidente Feijóo lo intentó el martes durante el debate de política general, al hacerle no una declaración de amor, pero sí una de admiración -que en términos parlamentarios es lo más parecido- a la portavoz del BNG anteriormente citada.

"Persoalmente, téñolle aprecio", le espetó el boss de San Caetano a Ana Pontón, en una confesión inesperada que, al quedar sin réplica directa, hay que irse hasta la sesión de investidura de esta legislatura para encontrar algo parecido a lo que podría haber sido la respuesta de la nacionalista. Entonces, cuando al final de la votación, ella se dirigió a la bancada popular para felicitar a Feijóo por su presidencia renovada, éste amagó con darle dos besos y Pontón -al hilo de un lance entre Chenoa y Bisbal ocurrido en aquellos días- prefirió extenderle la mano y advertirle: "Non, que che fago a cobra". No rehusó saludarlo cortésmente, pero siempre manteniendo un firme cordón sanitario para curarse en salud y evitar toda posibilidad de que surgiese cualquier tipo de afecto que pudiera originar otra entrañable escena de restaurante, como le pasó a Beiras con Fraga, por más que aquella comida fuese más política que personal.

Aunque Feijóo no es de los que desisten fácilmente y seguro que volverá a protagonizar un tercer intento de acercamiento a Pontón, su relación parece estar menos predispuesta al amor que al odio. Por eso, tal vez tenga más éxito con cualquiera de los dos candidatos en las primarias para dirigir Podemos Galicia, Carolina Bescansa y Antón Gómez-Reino, que asistieron como espectadores al referido debate celebrado en O Hórreo, pero sólo a su sesión matutina, para escuchar al presidente de la Xunta, y desaparecieron sorpresivamente en la vespertina, cuando le tocaba intervenir al portavoz de En Marea, Luís Villares. En el manejo de sus presencias y ausencias en el hemiciclo gallego, dejaron claro dos cosas, que su relación personal está bajo mínimos pese a compartir escaño en el Congreso, pues antes de sentarse juntos prefirieron hacerlo por separado, ambos rodeados de cargos del PP, y que lo que pudiese decir el representante de su formación en su discurso les importaba un pimiento, pues sólo tuvieron ojitos y oídos para Feijóo. Tan altas tienen sus expectativas.

Al comportamiento de Bescansa y Reino le sacará partido Feijóo para picar y devolverle sus golpes a Villares en las próximas sesiones de control. Igual que el repentino amorío entre Sánchez y Pablo Iglesias, rubricado en el acuerdo de Presupuestos, le valdrá para atacar al propio portavoz rupturista y al del PSdeG, Fernández Leiceaga, cada vez que le vayan con una pregunta en la Cámara. La supervivencia política se impone a la piedad parlamentaria. Como cantaba Loquillo: "Yo no vine aquí para hacer amigos".

 

Con la catarata de improperios y obscenidades que le dedicó al tándem socialista que gobierna el eje sureño Pontevedra-Vigo, formado por Carmela Silva (Diputación) y Abel Caballero (Ayuntamiento) -a él le llamó anciano; a ella, su chacha para todo-, el alcalde de Vilanova de Arousa, Gonzalo Durán, se tiró a una piscina sin agua -probablemente la misma que, según denuncia, el ente provincial se niega a financiar para su municipio-, donde el sonoro coscorrón lo elevó al estrellato nacional y movió a sus enemigos a desearle un feliz viaje por el sumidero hacia las aguas residuales de la política. Pero no es sencillo ahogar a los hermanos Durán, acostumbrados a nadar en seco en su infancia en A Estrada, donde su padre los crio con el negocio Fotos Madrid -muy apropiado para retratar a Feijóo-. Ambos gozan del favor de Rueda, que para frenar sus desavenencias fratricidas mandó al mayor, José Juan, a la capitanía de Portos de Galicia. Con la Diputación en juego, Gonzalo dispondrá del salvavidas del PPdeG. Y hasta puede que se convierta en su nuevo ariete contra Caballero.

Durán, ariete contra Caballero Gonzalo, tras los pasos de su tío

Nunca tantos Gonzalos y tantos Caballeros fueron protagonistas de la primera línea de la política gallega. Si Gonzalo Durán, como se dijo, aspira a convertirse en el ariete más conservador -y conversador, que capacidad metafórica no le falta- de su partido contra el mayor de los Caballeros, el menor de los Gonzalos y de los Caballeros por fin se decide a dar un paso adelante para asegurarse la candidatura del PSdeG a la Presidencia de la Xunta y darle de una vez el relevo a su tío, no porque sea un anciano -que no lo es, pese a que así le llamó el regidor de Vilanova-, pero sí que es cierto que para su edad soporta una excesiva carga de trabajo, al añadir a sus quehaceres en la alcaldía de Vigo la jefatura de la oposición a Feijóo, que de facto ejerce por dejación de funciones de quien debería desempeñar este simbólico cargo. Gonzalo Caballero convoca las primarias y confirma la teoría psicoanalítica de Freud sobre el complejo de Edipo, sólo que no matará a su padre, sino a su tío. Luego, si todo va bien, le llegará la hora de entrar en el Parlamento. Matando a Leiceaga.