El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Arde París

09.12.2018 
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COMO decía la canción, parece que arde París. No es sólo una metáfora: las calles están incendiadas. Pero el verdadero incendio es social, doméstico, transversal. Y, finalmente, anímico. Un profundo malestar que, al parecer, quema por dentro. Saludamos en su día la apuesta de Macron por Europa. Su victoria, en medio de escenarios inquietantes como el Brexit o la crisis europea de los refugiados, supuso un balón de oxígeno para una Merkel que ahora nos deja (en manos de su pupila, es cierto), y, en general, para todos los que luchan contra la progresiva demolición que pretenden los euroescépticos. Macron se alzó con el triunfo mientras Europa contenía la respiración. Demostró que LePen no era inevitable (aunque, cuando nos despertemos, seguirá ahí), y de inmediato lo interpretó todo como un liderazgo casi global, como un mandato para detener la incertidumbre. Pronto se vio también que la cosa no era tan sencilla, ni la estrategia presidencial tan acertada.

Macron gozó de ese reconocimiento europeísta, pero se diría que ahí se ha quedado. No ha logrado despegar un palmo del suelo. No está urgida Francia, salvo alguna cosa, por cuestiones territoriales, y de hecho el poder sigue anclado en su histórico centralismo, envuelto además en la solemnidad visual que emana a raudales del Elíseo. Es el resultado de la historia, desde luego, y de ese liderazgo gigantesco que suelen tener sus presidentes franceses, pero que Macron, recibido como una novedad curiosa y necesaria, suficientemente frío y sonriente, a partes iguales, no ha sabido administrar. Ahora sabemos, la calle lo demuestra, que la estética del liderazgo era, sobre todo, eso: estética. En unas circunstancias más favorables, Macron hubiera armado esa dialéctica pulcra del poder pétreo, en la que parece moverse bien. No desmerece a las figuras presidenciales que caminan solas hacia el dorado escenario, que se mueven entre edificios emblemáticos y maravillosos, muchos símbolos de la libertad y de la modernidad, pero que en estos días de furia brillan en medio de las luces de alarma y los automóviles en llamas. Bajo las aceras, está la rabia.

No son pocos los que han comparado esta ola de insatisfacción con el mayo del 68, aunque ya se sabe que las comparaciones tienden a ser odiosas. Pero que se hayan enfundado el chaleco amarillo para subir a las calles de París gentes de toda condición reafirma la transversalidad de la protesta, que no parece dispuesta a escuchar palabras y discursos muy bien articulados, sino más bien a ver hechos concretos. La revolución de los liderazgos, el peso del poder regenerador que saluda a una Europa en peligro de ser raptada por el brutalismo, no sirve a la clase media que lleva una década (y no sólo en Francia) sufriendo un progresivo deterioro de las condiciones económicas. El diésel es sólo la punta del iceberg.

Lo más grave de este asunto es que la Francia de Macron estaba llamada a servir de cimiento para la recuperación de Europa. No hay duda de que este panorama puede volver a alentar el voto excluyente y extremo, y romper este encantamiento (aunque fuera frágil) que el centrista parecía haber logrado. Quizás ha llegado el tiempo de gobiernos (y políticos) que no se empecinen en tener siempre la razón.