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desde mi atalaya

BEGOÑA PEÑAMARÍA

Vacaciones escolares

12.06.2019 
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VIVIMOS en una sociedad de consumo en la que el que más o el que menos se afana -al igual que hicieron nuestros padres- en dar a sus hijos todas las comodidades de las que ellos carecieron; con la diferencia de que hoy en día estamos inmersos en un consumismo exacerbado que nos dirige inexorablemente al más difícil todavía.

Padres pobres, ricos y hasta fanfarrones se preparan para la inminente llegada del fin del curso académico; mientras que los pequeños lo hacen para veranear durante casi tres meses en los que sus progenitores, con suerte y en el mejor de los casos, podrán coincidir únicamente cuatro semanas con ellos. Así está montado un sistema que obliga al más pintado a buscar soluciones con las que sus vástagos se entretengan y ellos logren conciliar vida laboral y familiar... porque las escuelas cierran sus puertas después de entregarle a cada oveja su pareja y se lavan las manos como Pilatos.

Muchos padres solicitan campamentos subvencionados que, una vez que son denegados, en muchos casos les obligan a pagar cantidades astronómicas en la búsqueda de alternativas de ocio... Y también hay progenitores que -con sacrificio o sin él- necesitan que sus hijos circulen por los circuitos donde desfilan los aparentemente niños ricos. Para ellos, tener un apéndice de sí mismos allí es sinónimo de triunfo social.

El verano, señores y señoras, es caro y mucho. Demasiadas horas de ocio que rellenar a costa de parné... Por no hablar de las exigencias vacacionales de muchos jovencitos de hoy en día. Niños que, además de tener la suerte de asistir a ciertas actividades una buena parte del día, anhelan unas vacaciones lo más lejos posible de sus lugares de origen y, a poder ser, con avión o barco de por medio... La culpa es de papá y mamá. Ningún hijo debería exigir y ningún padre debería engañar a sus vástagos con unos mundos de Yupi ficticios.

Desconozco cuál es la solución para conciliar vida laboral y familiar durante los periodos vacacionales de los chavales, pero creo que los niños deberían tener tiempo para divertirse y también para aburrirse sin un ápice de culpabilidad por nuestra parte..., porque la vida no es una fiesta durante veinticuatro horas ni los padres somos los payasos del circo. Para valorar la diversión y disfrutarla a tope, los críos tienen que conocer el aburrimiento esporádico. No es nada malo. Puede que incluso, los chavales más inteligentes, recurran a sus propias habilidades anestesiadas entre actividad y actividad, para sacar de sí mismos posibles talentos tan ocultos como enriquecedores. No se sientan culpables y reenfoquen la situación.

Por mi parte, sugiero a las autoridades competentes unas vacaciones escolares más cortas o, en su defecto, actividades lúdico-deportivas en los centros académicos a los que cada niño asista. Si los profesores están cansados -cosa que no me extraña porque yo también lo estoy-, que contraten monitores de tiempo libre y que los precios de estos servicios sean lo más asequibles posibles. Dejémonos de demagogia y cimentemos una sociedad más cómoda desde las bases..., pero ante todo, tratemos de no perder la calma. Día a día y con un poco de buena voluntad iremos trampeando estos dos meses y pico que se presentan ante los que tenemos hijos y, afortunadamente trabajo, como un enorme signo de interrogación.

Escritora y diseñadora