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RAMÓN BALTAR

Bergoglio no iba de farol

13.08.2018 
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LA impunidad de los implicados en los casos de abuso sexual de menores como autores o alcahuetes desangraría a la Iglesia. Lo sabe Francisco y activa la operación limpieza. La protección de los niños le obliga a investigar las denuncias contra sus ministros para, si ha lugar, juzgar al imputado en un proceso canónico y dar parte a la Justicia civil; de no hacerlo así, incurre en el delito de encubrimiento. En un asunto de esta índole no puede invocar aquello del juicio de Dios.

A las dimisiones y movidas que provocó el papa con su lectura de la cartilla al episcopado chileno hay que añadir la renuncia al cardenalato del arzobispo emérito de Washington acusado de abusador y la del de Adelaida condenado por encubrir. El que no libren de la siega las espigas más crecidas aclara el mensaje.

Salta una pregunta: ¿cómo llegaron a tan altas dignidades unos desalmados a los que no importó que sus alcahueterías dejaran a los niños a disposición de los pederastas? Despreciable disculpa, la de evitar que el escándalo dañara a la institución.

Por donde se ve el fracaso de la política de personal directivo de Juan Pablo II y Benedicto XVI. De los obispos que nombraron muy pocos dan la talla.

Profesor titular de Latín