El Correo Gallego

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los reyes del mando

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

En bermudas

17.06.2019 
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MIENTRAS toda la vorágine de la política española nos ocupaba en las últimas semanas, de pronto han aparecido unas imágenes de Rajoy zambulléndose (o a punto de hacerlo) en el mar Mediterráneo. De repente nos hemos sentido como si algo atravesara la densa cortina política en la que nos encontramos, y que es más densa cuantos más programas televisivos emiten sobre los pactos y sus impactos. Rajoy, quizás sin pretenderlo, venía a mostrar el envés de todo el oleaje electoral, que no es otro que el de las aguas tranquilas y cálidas, cuando ya estás en el otro lado de la política. Una metáfora para muchos, justo cuando, en los platós y fuera de ellos, se desataba esa enorme galerna pactista, que en algunos casos terminó causando naufragios o salvamentos in extremis. He visto a Rajoy y me ha entrado nostalgia del anuncio de Martini, que es una de las manifestaciones simbólicas más grandes que conozco del siempre envidiable ‘dolce far niente’. Rajoy estaba en bermudas (no las islas, sino la prenda de vestir), sin mayores propósitos que darse un baño (no de masas, como hay que hacer en política tantas veces, sino, esta vez, de aguas mediterráneas).

Leí a la par que el ex presidente no había tenido ocasión de hacerse una zambullida de ese jaez durante sus años de presidencia, ya fuera por seguridad o por falta de tiempo. Y aquí me entró una vez más esa rara pesadumbre por los líderes, que, aunque tengan sus ventajas y sus privilegios derivados del cargo, también han de pechar con cortapisas que no tenemos la mayoría de los humanos, como poder zambullirse en el océano sin mayores inconvenientes, siempre que el mar nos pille cerca. Interpreté esa imagen de Rajoy, a punto de entrar en el agua (la imagen era exactamente así), como la firma del ex político que, definitivamente, se procura un gesto de libertad, y además de libertad en bermudas. Ahí se firmaba el acta marítima de la liberación de los muchos atrancos de la política, aunque reconozco que Rajoy lo llevó sin grandes aspavientos, incluyendo la tarde aquella de la moción de censura y el reservado del restaurante, que se hizo también tan mediática, tan viral, y tan simbólica.
Por si la imagen del ex político entrando limpiamente en las aguas mediterráneas no fuera suficiente para encontrar en ella toda una metáfora, también vi por ahí algunas instantáneas de Rajoy en una discoteca ibicenca, que pasa por ser la madre de todas las discotecas. Estaba claro que, más allá de la boda de Sergio Ramos, que nos ha tenido tan ocupados en la distancia sevillí, la presencia del ex presidente en este emporio del entretenimiento iba a ser apreciado objeto del deseo mediático. Lo fue, qué duda cabe. Y de eso quizás no se podrá librar. Múltiples crónicas se han escrito al respecto en las últimas horas, de esta aparición que cualquiera juzgaría imposible en otro tiempo, si no fuera porque Rajoy se ha despojado de los corsés de la política de manera definitiva, o eso parece, y se ha entregado en bermudas al mar Mediterráneo, y a la música ibicenca. Como dice Negre, aquella imagen borrosa, en la que se le veía bailando ‘Mi gran noche’, y que se emitía como un tesoro en años de su presidencia, ha quedado caduca de inmediato. Estamos ya en otra cosa.