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los reyes del mando

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Se buscan airados

07.12.2018 
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EN lo que llevamos de siglo ha aumentado la tensión social y el calentamiento global: son las dos caras trágicas de esta moneda contemporánea. No están estas dos primeras décadas para tirar cohetes, aunque sí, ya sabemos que cualquier tiempo pasado no fue mejor. Claro que no. Pero ahora sabemos que el futuro estaba sobrevalorado. Y probablemente esa afirmación de que tenemos a las generaciones más preparadas de la historia, también. Nos gusta, eso sí, creerlo: y en algunos aspectos, desde luego, son las mejores que haya habido nunca. Pero vivimos tiempos de gran manipulación, de superficialidad inspirada en el dictado de las imágenes como retablo del mundo. Hasta que no repose el gran estallido de la tecnología vamos a sufrir mucho con las simplicidades.

El calentamiento global es algo que, salvo cuatro gatos (alguno, ay, con mucho poder), nadie pone en duda. La tensión social, otra forma de calentamiento, es una etiqueta que no todos aceptan, pues algunos creen que en eso consiste la oposición a los políticos: hacer lo posible para que fracasen. Quizás es una forma de venganza, que se deriva del desprestigio de las elites. La frustración y el dolor de los desfavorecidos puede entenderse, pero lo que se entiende menos es que tomen el camino fácil del brutalismo político, en lugar de aspirar a reemplazar, con inteligencia y profundidad dialéctica, la política simplista o zafia, que empieza a instalarse. Aliarse con lo fácil, no siempre es la solución. Porque lo fácil (aquello de "esto lo arreglo yo en dos tardes"), tiende a la demagogia. La incomodidad, el enfado permanente y la cara de fastidio se han puesto de moda como una forma de subrayar la insatisfacción de estar en el mundo. Los políticos sonríen actoralmente cuando se dirigen al electorado (esas ridículas técnicas que cualquiera descubre a las primeras de cambio), pero en cuanto empieza la refriega los rostros se crispan, las voces se elevan. No vaya a ser que los acusen de tibios. Tiene algo de las técnicas disuasorias del mundo animal.

Todo parece girar hoy en torno al hastío y la mala leche, todo rezuma tensión. Y es una tensión que debe mantenerse, aunque envenene la convivencia, porque algunos creen que la tensión es lo que da apoyos, lo mismo que los comentarios de las redes suelen recibir más votos positivos cuanto más airados sean, y cuantas más descalificaciones y barbaridades incluyan. No se hace política con, a favor de, sino que cada vez se hace más política contra. Hay un caldo de cultivo muy favorable a la expresión intimidatoria, derogatoria, excluyente, prepotente y despreciativa.

Entrar al trapo de la irritación perpetua, de la insatisfacción a cualquier precio, está llevándonos a la polarización de la política y de la vida. Estamos en ese momento en el que no se destaca con el equilibrio, la moderación y la visión positiva, sino con todo lo contrario. Se buscan airados. Las televisiones reflejan a menudo esa patética polarización que sólo lleva al enfrentamiento y no produce apenas mejoras para la gente. Y, sin embargo, la ciudadanía parece seguir esas mismas estrategias. Hay una idea dura, punitiva, antipática, infantiloide y maniquea de cómo se debe actuar en el mundo del hoy. No se me ocurre peor camino.