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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Audasa y el espíritu irmandiño

27.02.2020 
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EL organismo competente para señalar las fiestas gallegas de guardar ha de tomar la urgente decisión de incluir el 21 de febrero. Es la fecha que lleva la histórica sentencia que condena a Audasa por el pago indebido de peajes durante las obras del puente de Rande. Las generaciones futuras merecen que se recuerde una gesta singular que ensombrece otras que celebramos con emoción y a veces con romería incluida. Festejamos a los irmandiños que se alzaron contra la nobleza abusona, lo pasamos de maravilla emulando el repaso que nuestros antepasados le dieron a los vikingos en Catoira y se nos hincha el pecho de orgullo recordando a María Pita o Cachamuíña y sus heroísmos respectivos contra ingleses y franceses invasores.

Nada comparado con la victoria contra Audasa. Para empezar la empresa concesionaria es mucho más poderosas que todos esos enemigos que estudian los chavales en sus manuales de historia. Lleva décadas entre nosotros y hasta ahora no se tiene memoria de una derrota. Ha resistido protestas populares, advertencias políticas y campañas de todo tipo que siempre se han estrellado contra sus defensas inexpugnables. Audasa viene a ser el equivalente a Gibraltar, o sea un poder soberano incrustado en el territorio que, además, hace pocos esfuerzos de empatía con el entorno. Ganaba sus batallas sin dar ninguna explicación, como hacían los nobles abusones, los vikingos, Drake o los soldados de Napoleón hasta que los gallegos cambiaron el marcador y ganaron el partido.

Otra circunstancia que hace que su poderío sea incomparable, es su anonimato. Igual que ocurre con las meigas, Audasa es un ente en el que no se cree pero que haber haino cada vez que cobra el peaje. El único rastro humano que tenemos de este Miño de asfalto que atraviesa nuestra geografía son los amables cobradores de las cabinas que ya han desaparecido en algunos tramos y horarios. Los vemos, oímos su voz, y gracias a ese pequeño vínculo humano deducimos que en Audasa hay seres de nuestro mismo planeta.

Una tercera consideración es el aliado que tiene la empresa concesionaria. Cuando fue lo de los irmandiños el Estado propiamente dicho todavía no existía, y tampoco había algo parecido para repeler a los vikingos. Algo homologable a un aparato estatal funcionaba en tiempos de Drake y Cachamuíña; no era muy solido que se diga pero al menos no se puso del lado de la invasión para someter a nuestros ancestros. Siglos más tarde los intereses de Audasa son defendidos en el litigio por la abogacía del Estado, el mismo Estado que de acuerdo con la Constitución ampara a sus ciudadanos, sin excluir a los que tuvieron que abonar el peaje a pesar de las retenciones y cortes. Audasa bien pudo haber dicho "el Estado soy yo".

En previsión de que esta victoria legal sea efímera, es urgente consagrar la fecha para que los gallegos del mañana no crean que esto fue un sueño. Una fecha y quizá un monumento conmemorativo en el que se rinda homenaje al usuario desconocido, y acaso también una serie de televisión que relate la epopeya en varios capítulos o, mejor dicho, tramos. Es el retorno del espíritu irmandiño.

Periodista