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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Booomba

12.09.2018 
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TIENE la ministra de Defensa un hermoso precedente histórico en el que también se cruzan las convicciones personales con los deberes del cargo. De aquel episodio quedó constancia en el cementerio civil de Madrid, concretamente en el mausoleo donde reposan los restos de Nicolás Salmerón, presidente efímero de la Primera República entre julio y septiembre de 1873. El epitafio que todavía puede leer el visitante resume lo que sucedió: "dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte". Así fue. Le presentaron a la firma penas capitales contra varios cantonalistas, se negó a aprobarlas y retomó su cátedra de metafísica. Entre la metafísica y la responsabilidad política (los sublevados habían sido condenados con todas las de la ley), optó por irse con la primera.

Es comprensible que la ministra sienta reparo en vender bombas a un país en guerra, máxime siendo además los proyectiles tan listos como parece que son. De todas formas será difícil que la industria armamentística española encuentre clientes que quieran las bombas para utilizarlas como fuegos artificiales, o que la inteligencia del ingenio bélico llegue al extremo de que se garantice que no haya víctimas inocentes. En consecuencia lo lógico hubiera sido que anunciara seguidamente el cierre inmediato de las fábricas que producen armas, la clausura de los centros tecnológicos que investigan para hacerlas más precisas y mortíferas y, desde luego, el despido de todos sus trabajadores.

Otra posibilidad nos lleva al político republicano que no quiso someter los intereses del Estado a su ética personal, y se retiró más allá de la física. Eso estaba en manos de la ministra, pero no lo hizo y en consecuencia sus escrúpulos son menos creíbles. La credibilidad disminuye un poco más cuando se le oye dudar de la oportunidad de vender bombas al tiempo que considera que es bueno vender corbetas, un tipo de navío que nada tiene que ver con la pesca o el turismo y que será usado cuando convenga contra los enemigos de Arabia Saudí, a menos que el Gobierno introduzca una cláusula en el acuerdo mediante la cual se exija que sus proyectiles sean siempre de fogueo.

Por otra parte, y si se nos permite realizar una modesta incursión por la geopolítica, que España no venda esas bombas no garantiza que no haya guerra, ni víctimas, sino que otorgaría tal vez una breve ventaja a los enemigos del reino saudí, que no son Gandhi, ni Mandela, ni Luther King, ni siquiera la madre Teresa de Calcuta, sino el régimen iraní.

Es una situación muy parecida a la que vivió el Partido Socialista con la OTAN. Felipe cayó del caballo camino de Moscú cuando se dio cuenta de que el rechazo a la Alianza Atlántica (fundada por socialistas), lejos de ser una aportación a la paz debilitaba a occidente. Debiera recordar la ministra este precedente y también el del presidente de la Primera República, aquel metafísico metido a político que no quiso ratificar las sentencias de muerte y dijo adiós.

Nada más lejos que desear que doña Margarita nos deje ahora que el Gobierno ha sufrido otra baja. Basta con admitir que las bombas no son de pirotecnia.

Periodista