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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

En busca del programa perdido

13.06.2019 
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ESCÉPTICO sobre tantas cosas, el profesor Tierno Galván también lo era sobre los programas electorales. "Están para no cumplirlos", decía quien fue alcalde de Madrid y lo cierto es que han ido derivando en una especie de adorno superfluo que cada vez se cuida menos. Se ha llegado a un acuerdo tácito según el cual el partido simula que presenta un programa y los electores hacen como si lo leyeran. En el fondo todo el mundo sabe que, si se gana, el programa no se aplica porque el Gobierno obliga a hacer camino al andar, y si se pierde pasa directamente al olvido.

No se trata por tanto de entonar un réquiem por los programas perdidos, sino de mencionar algo que pasa inadvertido en el maremagnun de negociaciones municipales. Pensándolo bien las crónicas sobre emparejamientos, flirteos y desencuentros se parecen mucho a las de la crónica rosa. Basta con cambiar candidatos. Si en un caso Fulanito ha sido visto en actitud cariñosa con Menganita, en el otro el partido tal aproxima sus posiciones a la formación cual provocando los celos de un tercer grupo. Siempre aparece un triángulo, político o amoroso o alguien especialmente deseado como el ourensano Pérez Jácome, equivalente municipal al galán gallego Mario Casas. Más o menos. Así como hubo un tiempo en que el periodismo deportivo colonizó el político, ahora es el reporterismo de celebrities el que impone su estilo.

Los seguidores más románticos de la prensa del corazón se preguntan en algún momento si hay amor en las peripecias sentimentales, y los electores podrían preguntarse si hay ideas bajo este juego de los pactos. No lo parece. Cuando se produce, el intercambio no es de ideas sino de cargos. Sin ningún tipo de pudor se nos dice que un partido entrará en un gobierno local presidido por otro si le dan tantas concejalías, omitiendo cualquier referencia a requisitos puramente políticos: invertir en esta área, desarrollar un plan, revocar aquella decisión.

Sólo un fariseo redomado se escandalizaría del regateo de responsabilidades porque luchar por el poder, obtenerlo y utilizarlo es la esencia misma de la política. Lo chocante no es eso sino la ausencia de propuestas en este juego, algo que ni siquiera se disimula. En buena lógica democrática si unos partidos negocian gobernar de la mano, habrá primero una puesta en común de lo que piensan hacer para después, y una vez visto que son compatibles, pasar a la fase del reparto de responsabilidades. De un tiempo a esta parte se hace al revés. Por volver a la crónica rosa, en muchos de estos pactos se hacen matrimonios políticos por poderes y no por amor. Los contrayentes se conocen a posteriori, hacen el noviazgo después de casarse, y por eso pasa lo que pasa.

Tierno se mofaba de la hipocresía de aquellos programas de cientos y cientos de páginas que podían haberse escrito en arameo sin que nadie se percatara del detalle. Ahora hemos pasado al extremo contrario. Los "programas" parecen hechos por un algoritmo y son irrelevantes en negociaciones que en ocasiones incluyen cambiar, por ejemplo, un ayuntamiento por una diputación como si fuera el Tratado de Versalles.

Periodista