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A BORDO

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

El escorpión y las flores

11.10.2018 
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ES mi naturaleza. Todos recuerdan la respuesta que le da el escorpión a la rana cuando, en medio del río que vadeaban juntos, el arácnido pica al batracio. Ya saben que, después de muchas dudas, la rana había accedido a transportar al escorpión a sus espaldas pensando que sería absurdo que la atacara; se ahogarían los dos. Sin embargo el ataque se produce porque los instintos son finalmente más poderosos que el sentido común; ya lo eran en tiempos de Esopo, o sea seiscientos años antes de Cristo.

Es nuestra naturaleza. En lugar de las torpes excusas dadas por el Gobierno local coruñés a propósito de la limpieza de una alfombra floral en honor de la Virgen del Rosario, podría haber recurrido a esta explicación. Si razonásemos como las ranas de la fábula, sería imposible encontrar un motivo razonable a la tropelía. La devoción no le hace daño a nadie. Los devotos son gente sencilla que forma parte del catolicismo popular y que se une a los que ven en la procesión una simple tradición. Si sumásemos los que participan en el rito, quienes lo respetan, aquellos otros que ven en él un manifestación más de la libertad de expresión y finalmente los que reaccionan ante una provocación arbitraria, obtendríamos seguramente una mayoría absoluta. En torno a las flores hay una coalición de creyentes y tolerantes incrédulos a los que no es rentable molestar.

Por otra parte, acosar a este tipo de manifestaciones no formaba parte del corpus doctrinal de este tipo de movimientos. ¿Cómo explicar entonces que se diera la orden de barrer la alfombra? La explicación está en los instintos básicos, unos instintos que podrían haber sido inhibidos con políticas realmente progresistas. Al no haberlas se recurre a picotazos destinados a cultivar a sectores socialmente marginales, que no marginados. Cuando hay más tolerancia con unos okupas violentos que con unos pacíficos devotos de la Virgen del Rosario, es que el escorpión se está haciendo con el poder.

Ya no es suficiente con decirle, como hace la rana, que se puede ahogar o perder apoyos sociales. Su naturaleza toma el mando. He ahí una característica de los populismos autóctonos que sorprenderá a los más razonables. En lugar de ocuparse en ampliar la base social y asegurar el respaldo de los electores que simplemente votaron una marca bonita, como hizo por ejemplo Tsipras en Grecia, se castiga a la rana que podría conducirlos a la otra orilla. Es de suponer que no faltarán elementos sensatos que traten de rectificar el desvarío, pero su voz quedará ahogada por los la ortodoxos. En este tipo de movimientos cualquier duda es traición, y además, el poder formal no coincide con el real. ¿Podría el alcalde destituir a alguien, o en el complejo engranaje del grupo es unos más, o alguien que reina pero no gobierna? Es su naturaleza y no son sus principios porque en el ideario mareístico estaba la protección de los sectores populares, categoría en la que están los vecinos que colocaron la alfombra y no los okupas que tuvo que desalojar la Policía. Poco mérito tiene meterse con gente tranquila, inexperta en protestas y que enarbola flores.

Periodista