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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Eurovisión y las europeas

24.05.2019 
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ESE Borrell en efigie que se agita solitario colgado de las farolas es un símbolo de la importancia de las elecciones europeas. Nadie lo acompaña. Está solo reclamando inútilmente una atención que acaparan los candidatos locales. Algún pasante se preguntará quién es ese señor que no puede evitar ni siquiera en la foto oficial su rictus un tanto burlesco, como si quisiera dar a entender que su destino europeo es más un retiro que una promoción. Él se resigna tras su breve paso por los asuntos exteriores y sus arduas luchas constitucionalistas en Cataluña, pero al menos sus compañeros lo tienen en cuenta en las banderolas.

Bécquer fue premonitorio con el poema que dedicó al arpa y que podía referirse a Europa. Hagamos memoria de los años escolares. "Del salón en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo veíase el arpa". Ahora es la Unión Europea la que se ve polvorienta, en silencio e ignorada. Los llamamientos europeístas no han surtido efecto, si bien sería injusto culpar al elector de tanta abulia porque en esas candidaturas que pocos van a leer antes de votar, están como siempre los ex de algo. El Parlamento europeo no es un inicio de las carreras políticas. No se ha dado el caso de un político europeo que haya aprovechado la proyección que la ha proporcionado la eurocámara para hacerse un sitio en la política nacional, autonómica o en su municipio. Políticamente hablando después de Europa está la nada.

Acaba de celebrarse el festival de Eurovisión acaparando una audiencia que, en su mayor parte, se pega a la pantalla para contemplar el estilismo extravagante de algunos participantes que parecen representar a una lejana galaxia. Lejos quedan los tiempos en que Eurovisión era el contrapunto elegante al certamen iberoamericano de la OTI, o en España un motivo para las revanchas patrióticas de la mano de Massiel. El festival no es la culminación de la carrera musical de nadie. Muchos países tienen que hacer esfuerzos para seleccionar a alguien que no desentone demasiado y la mayoría envía a quienes no tienen nada que perder y pueden ganar esos famosos minutos de gloria.

Pues el Parlamento europeo equivale a Eurovisión. Hay que hacer algo grotesco como la campaña contra las vacunas de la eurodiputada gallega o presentarse a cantar con la barba de Conchita Wurst para lograr notoriedad y aún así suele ser efímera. Otro que no conoció el Parlamento de Estrasburgo fue Ches-terton que, no obstante, dejó una humorada que viene muy a cuento. Decía que el periodismo consiste en anunciar que Lord Jones ha muerto a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo. Entre nosotros se da el caso de europarlamentarios que lo son y dejan de serlo sin que su familia cercana se percate. Otros, una vez abandonado el cargo, intentan hacerles creer a sus amigos que lo fueron, consiguiendo tan sólo miradas comprensivas. Antes se creían Napoleón, piensan. ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas! Se lamenta Bécquer. Cuánto europeísmo desperdiciado en una campaña en la que Borrell se bambolea solo y otros ni aparecen. A este paso el destino será Eurovisión.

Periodista