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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Feijóo, agente del BNG

19.04.2019 
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SI el mimetismo ha sido un pesado lastre para el nacionalismo gallego, el mimetismo está siendo el peor hándicap del antinacionalismo que intenta afincarse en Galicia. En ambos casos el modelo que impide la originalidad es el mismo: Cataluña. Y la causa es bastante parecida: la incapacidad o la pereza para elaborar una propuesta inspirada en la realidad gallega. El afán de imitar a nacionalismos externos se remonta mucho tiempo atrás, como lo demuestra aquel galleguismo que veía en el Eire el modelo deseado. ¡Érguete e anda, coma en Irlanda, como en Irlanda!, cantaba el bardo.

Después se buscó inspiración en el catalanismo estableciéndose una analogía entre Galicia y Cataluña que carecía de base en la historia, la economía, el carácter o la sociedad. Latía en el fondo un cierto complejo de inferioridad que llevaba a considerar lo catalán como algo superior a lo gallego, de tal forma que la identidad gallega se encontraría en una fase inferior de su desarrollo que solo alcanzaría su plenitud al equipararse a la identidad catalana. Incurriendo en una palmaria contradicción, una parte del nacionalismo gallego abjuraba de Galicia para importar esquemas distintos y distantes.

Abjuraba y abjura porque ese centralismo ideológico que se aleja de Madrid no para situarse en Compostela sino en Barcelona, persiste en buena medida. Ni siquiera los desvaríos recientes del nacionalismo catalán han hecho mella en tal fascinación, como lo prueban las visitas solidarias de nuestros nacionalistas a los presos acusados de protagonizar un golpe contra la Constitución y la autonomía. En fin, que estamos ante un síndrome que viene de antiguo y que explica las dificultades del nacionalismo para lograr una relevancia sostenida.

Llegan ahora proyectos partidarios que nacen del rechazo al independentismo e incurren en un error similar. En vez de esforzarse por comprender lo gallego e incorporarlo a su ideario, optan por el camino más fácil: aplican en Galicia el mismo patrón que en Cataluña. Basta con cambiar a Torra por Feijóo, a Junts per Catalunya por el PP gallego, y la inmersión lingüística por el bilingüismo, y ya está. En su relato la Xunta es un Caballo de Troya que, a poco que se descuiden los gallegos, introducirá en Galicia la idea independentista; su presidente, una especie de Kim Philby que trabaja en secreto para el BNG bajo la mendaz apariencia de moderación, y que dentro de unos años huirá a Barcelona para confesar públicamente sus artimañas en medio de esteladas y banderas con la estrella roja.

La estrategia, si así puede llamarse, vuelve a parecerse a la del nacionalismo empeñado en redimir a los gallegos de sus taras. En este caso se trataría de redimirlos de un independentismo solapado que suponemos tendría su origen en Albor, luego continuaría con Fraga y su sospechosa obsesión por las gaitas, para culminar en Feijóo y su persecución al castellano. Así que el antinacionalismo de importación se une al nacionalismo importado en una tierra con tantos productos genuinos. Unos y otros se confunden de esquina peninsular aunque sean muy distintas.

Periodista