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A BORDO

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Lo que el Gobierno ha unido...

17.01.2020 
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"Yo os declaro vicepresidente y ministra". La clásica fórmula nupcial tiene una nueva variante desde que una pareja forma parte del Consejo de Ministros. Hubo parejas que se forjaron gracias al conocimiento mutuo desarrollado en tareas de gobierno, como sucedió en el Bipartito gallego con un romance notorio, otras que formaron un tándem que pasó a la historia e incluso al cine y la ópera, como Perón y Evita, y una tercera modalidad consistente en una viuda, Cristina Fernández de Kirchner sin ir más lejos, que coge el testigo político del marido. Sin embargo, al margen de Isabel y Fernando, no hay precedentes de una convivencia doméstica que sea también institucional.

El hecho tiene sus pros y sus contras. Mientras reine el amor entre ambos la cohesión del Gobierno de Pedro Sánchez estará reforzada. Lo estaría aún más si Pablo Iglesias e Irene Montero perteneciesen uno a Podemos y otro al PSOE ya que los posibles roces en la coalición quedarían atenuados por los lazos conyugales, pero esto es lo que hay. Igualmente habría una unidad más férrea si en vez de una pareja hubiera varias en el gabinete, o si todos los ministros y ministras tuvieran entre sí vínculos familiares, más fuertes al fin y al cabo que los ideológicos.

Que Pablo e Irene se hayan adelantado al San Valentín para regalarse una vicepresidencia y un ministerio es algo positivo para la estabilidad gubernamental. ¿Y si la pareja se rompe? Es una posibilidad que Pedro Sánchez haría bien en contemplar porque quizá sea la peor amenaza que se cierne sobre su mandato recién estrenado. Al examinar todos los peligros potenciales aparece una oposición dividida en tres partes que se disputan el mismo terreno y se miran con recelo, y un nacionalismo catalán en plena guerra civil, pero ninguno es tan grave como una separación de vicepresidente y ministra. Algo así enrarecería la labor de gobierno, amén de trasladar las posibles hostilidades a toda la izquierda rupturista. En lugar de carlistas e isabelinos, pablistas e irenistas.

Es sabido que en este territorio ideológico se da mucho la endogamia, sobre todo mientras la organización permanece recluida en su gueto y el activismo deja poco tiempo para conocer a otra gente. La historia enseña igualmente que sus reyertas internas suelen ser feroces e inmisericordes, como podría dar fe no sólo Trotsky, sino también Carolina Bescansa.

En consecuencia la peor pesadilla de Sánchez no es un Pablo Casado que tardará tiempo en reagrupar al centro-derecha, ni las convulsiones del independentismo, ni siquiera la judicatura celosa de sus competencias en la división de poderes. La falla en la corteza gubernamental se encuentra en la pareja política que protagoniza un cuento de hadas que, como todos los cuentos con príncipe y princesa, tiene final en un palacio, el de La Moncloa. Imaginemos al presidente cada martes en el consejo de ministros escrutando los gestos de Pablo e Irene, intentando descifrar si se siguen queriendo como siempre o si el amor se enfría, con la posibilidad consiguiente de ruptura. La coalición depende en gran medida de otra coalición.

Periodista