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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Greta equivoca el destino

03.12.2019 
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"SOLO un puñado de fanáticos niegan la evidencia". Hubiera sido interesante fijarse en la reacción de las delegaciones de China, India, Estados Unidos o Rusia al oír esta enfática declaración del presidente español en la inauguración de la cumbre climática. A buen seguro habrán mirado hacia los lados o hacia atrás intentando descubrir si había algún fanático presente, y una vez comprobado que ninguno de esos tipejos se encontraba en la sala habrán aplaudido encantados la arenga.

Los representantes del cuarteto de superpotencias no se habrán sentido aludidos por la referencia. En realidad Pedro Sanchez tiene razón al hablar de "un puñado" porque la negación del cambio climático se reduce a sectores exóticos que hacen compañía a quienes sostienen que la tierra es plana, algo erróneo como se sabe. El peligro no está en ellos, sino en los que no adoptan las medidas suficientes o firman acuerdos y protocolos con la intención de incumplirlos. En este grupo están las naciones citadas que casualmente se encuentran entre las más grandes, más pobladas y más contaminantes.

Aunque sus regímenes y su grado de desarrollo sean muy diferentes, todas coinciden en ver en las actuaciones contra el cambio climático una especie de caballo de Troya destinado a frenar su poderío o su despegue industrial, en beneficio del rival. La tesis de fondo es muy simple: la política ambiental aplicada de forma unilateral, también puede servir para favorecer al vecino que contamina impunemente. Sería algo así como un dumping ecológico. Hay más argumentos pero el caso es que, si es verdad que se aproxima un Apocalipsis climático, tenemos ahí a los cuatro jinetes.

¿Quién los embrida? He ahí el problema que seguramente se va a escamotear en la cumbre. Las mayores exigencias medioambientales se dirigen a los que mejor están cumpliendo. Como en tantas otras cosas la Unión Europea se autoflagela cuando el problema está muy lejos de su territorio, un Edén ecológico comparado con otros lugares del planeta. Es verdad que la revolución industrial se inicia en Europa y que eso marca como una especie de pecado original, pero tanta penitencia es exagerada. El encomiable deseo de nuestro presidente de que Europa sea una campeona en la olimpiada medioambiental, está bien siempre y cuando las demás potencias compitan con las mismas reglas. De lo contrario es un objetivo digno de Don Quijote al que Sancho hubiera puesto muchas pegas.

En esta historia, quienes no juegan con las mismas reglas no son molinos, sino gigantes. La carbonización de China sigue en marcha, Rusia se toma los compromisos con parsimonia, India sencillamente los rechaza y Estados Unidos tiene una Administración que combate todo lo políticamente correcto. El destino de Greta debiera ser Beijing, Nueva Delhi, Moscú o Washington, y no Madrid. Los malos de su película están allá. Allá se encuentran pecadores que no se arrepienten, mientras que aquí estamos los pecadores que no cesamos de cumplir penitencias, como pueden dar fe los vecinos de As Pontes. Su sacrificio será en vano si los cuatro jinetes siguen cabalgando.

Periodista