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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Ministerio de la felicidad suprema

12.06.2019 
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ES inexplicable la crueldad con que Pedro Sánchez está tratando a Pa- blo Iglesias. Hay que recurrir a las Cincuenta sombras de Grey para encontrar semejantes muestras de sadismo por parte del socialista, y de sumisión por lo que le toca al populista que baja de la nube. Nunca sabremos todo lo que sucedió du-rante la entrevista de ambos, pero no hay que excluir el típico juego de esposas, látigos para azotes y uniformes de latex.

Es malévolo negarle el favor personal de un Ministerio. ¿Qué más le da al presidente si tiene muchos e incluso puede ampliar el muestrario sin que pase nada? Tocado por la diosa Fortuna ha pasado de ser un hereje que recorría las agrupaciones socialistas buscando apoyos, a convertirse en un líder que emerge sobre la confusión reinante e incluso es visto por sectores del PP, Ciudadanos y Vox como un mal menor al que habría que facilitar la investidura. Un liderazgo alternativo al sanchismo ni está ni se le espera, y en consecuencia podría recurrir a esa generosidad que distingue al estadista dándole algo a Pablo Iglesias para que no desaparezca de la política sin haber probado la dulzura del poder ministerial.

¿Pero qué Ministerio? La fantástica escritora hindú Arundhati Roy se hizo famosa con un libro titulado El ministerio de la felicidad suprema. La denominación, aunque sea un tanto cursi, encaja con la terminología que suelen utilizar los dirigentes de la unidad popular. Después habría que llenarlo de secretarías de Estado y direcciones generales que albergaran a la menguada tropa de Podemos: una para la alimentación saludable y otras destinadas a la promoción del yoga o el mindfulness. Ya se vería.

Otra posibilidad sería rescatar de nuestra historia el Ministerio de Ultramar que desempeñó Antonio Cánovas durante un tiempo y se dedicaba a sobrellevar las colonias que quedaban del imperio. Ser ministro ultramarino no parece un mal salvavidas para el personaje. Es verdad que ya no existen colonias, pero sí territorios mar mediante como Canarias y las plazas del norte de África, donde podría entretenerse e incluso fijar la sede del departamento. Tampoco es descartable resucitar Marina, en cuyo largo historial hay una mayoría de ministros oriundos de tierra adentro como es lógico.

Las posibilidades son ilimitadas si de verdad existe buena voluntad del líder del PSOE. Entre ellas no debe olvidarse la figura del ministro sin cartera que solía ser un chapuzas de alto rango que arreglaba desaguisados del poder, o alguien al que se quería premiar sin que molestara. Pablo Iglesias encaja mejor en el segundo supuesto. A tal grado ha llegado su ansiedad que ocupar un cargo que un Ministerio de la nada quizá sería suficiente para que dejara de darle la lata al presidente. No se trata de algo partidario sino personal. El cargo no lo pide una fuerza política, sino alguien que se está quedando sin fuerza y sin política. En la prehistoria de la televisión donde brilló Ibáñez Serrador podía verse Reina por un día. ¿Por qué no ministro por un día o una semana? Ahora se explica su devoción por Juego de tronos: quiere uno. Dele algo, señor presidente.

Periodista