El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Nadie quiere acabar con Merkel

13.08.2019 
A- A+

MI amigo Rafa me contó la gran emoción que produjo en el pequeño pueblo de Waden-Burtemberg donde reside, la llegada de los primeros refugiados acogidos a las generosas políticas de Angela Merkel. Las poblaciones anfitrionas estaban encantadas y los recién llegados bendecían a la canciller, hasta el punto de que existen en Alemania varias Angela Merkel. Se trata de hijas de emigrantes a las que sus padres decidieron ponerle el nombre de la mandataria, en reconocimiento a su actitud de brazos abiertos.

Sin embargo una historia que había tenido un comienzo tan feliz no acabó demasiado bien. Por volver al idílico enclave de mi amigo, se produjo un fenómeno sociológico consistente en que el respaldo a la política de acogida diminuía a medida que pasaba de ser algo que sólo se vivía a través de los medios de comunicación, a convertirse en una convivencia cercana y prolongada. Los primeros refugiados tuvieron una bienvenida entusiasta pero la actitud fue cambiando cuando su estancia se demoró y llegaron más. Ni se dedicaban a delinquir ni exhibían mal comportamiento; simplemente empezaron a molestar a una comunidad que tenía sus costumbres. No es que sus miembros hubiesen vivido encerrados en una burbuja impermeable al mundo exterior, sino que habían recibido otro tipo de extranjeros (mi amigo sin ir más lejos) que se integraban con facilidad.

Aquellos a quienes les encanta etiquetar estas cosas dirán que los alemanes sufrían un absceso de xenofobia aguda. Mas bien el diagnóstico se acercaría a lo que siente alguien que tiene un huésped de dificil acomodo y de permanencia indefinida. El caso es que el malestar empezó siendo sordo, más tarde se manifestó en la clandestinidad de amigos y familiares mientras que seguía negándose en público, y finalmente estalló en la urnas. Las elecciones demostraron que la gemeinde de mi amigo Rafa no era una excepción, de tal forma que los que habían aplaudido la generosidad de Angela Merkel la castigaron con las papeletas, y provocaron de rebote una crisis profunda en el proyecto europeo que tenía su principal valedor en la canciller.

Uno se acuerda de la experiencia relatada por Rafa a propósito del episodio que protagoniza el barco errante de Open Arms. Ningún líder europeo quiere seguir la suerte de la canciller. Todos, con independencia de su credo político, han aprendido que los entusiasmos de generosidad de la población son pasajeros porque siempre llega una resaca política, así que los criterios se han vuelto cautos y restrictivos. Se pueden manifestar de forma tosca, en boca de Salvini, Orban o Le Pen o mediante circunloquios como los utilizados por el socialista Abalos, sin que cambie mucho el trasfondo.

La lección alemana es que un Gobierno que quiera ejercer en solitario de buen samaritano se arriesga a perder, o a contemplar cómo progresan partidos que hacen bandera de los recelos ante el refugiado. Sea pura solidaridad o ingenuidad ante las mafias lo que hay tras Open A­rms, la Europa que tiene enfrente es muy diferente a la que había antes del declive de Angela Merkel. Demasiado simple llamarlo xenofobia.

Periodista