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A BORDO

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

El pecado original del 8-M

27.03.2020 
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EN todas las crisis de este tipo hay un pecado original con el que los sucesores de Adán y Eva que están en el Gobierno cargan para siempre. Puede ser un error, un mal gesto, una frase desafortunada, en ocasiones una ausencia tan solo, pero ese momento pasa a ser tan trascendental como el mordisco que le dieron nuestros primeros padres a la manzana prohibida, condenando al género humano a cargar con su error y echar de menos el paraíso durante lo que queda de eternidad.

No hace falta ser exhaustivos. El Prestige empieza a ennegrecer el epílogo del fraguismo cuando don Manuel decide irse de caza en pleno zafarrancho. Sin salir de la cinegética, el declive del rey Juan Carlos tiene su origen en un lugar recóndito de Botsuana. Las palabras poco veraces de un ministro cuyo nombre cayó en el olvido, hacen que la tragedia del 11-M se vuelva contra el Gobierno y auspicie un cambio de poder. En cada disyuntiva compleja hay un árbol, una manzana y una tentación. Una vez que se come sólo existe un remedio para que no arruine la historia: pedir perdón, admitir la culpa y corregir el mal camino.

Vayamos al pecado original del coronavirus porque ya existe y empieza a supurar. Es la manifestación del 8 de marzo. Hubo otras concentraciones y congresos partidarios. Se celebraron partidos de fútbol multitudinarios. La gente en general vivía despreocupada entonces, a pesar de que el bicho había dejado de ser chino para convertirse en multinacional. Todos éramos como el pasaje del Titanic antes de que se diera la alarma.

Ocurre que antes de ese momento y mucho antes de que los dos enamorados se encontraran en la proa en la escena inolvidable, la tripulación había recibido avisos sobre la presencia de masas de hielo vagabundas en esas latitudes del Atlántico. La culpa de unos y otros no es la misma. El capitán conocía el riesgo, sabía que estaba jugando a la ruleta rusa; los viajeros lo ignoraban.

Resulta que el 7 de marzo y el 6 y el 5, quien tenía la mejor información era el Gobierno. Un mes antes se había suspendido el Mobile Congress en Barcelona y en Italia se encendían todas las alarmas. Sólo el Gobierno podía evaluar esos acontecimientos y completarlos con informaciones más reservadas.

El capitán del Titanic prefirió no alterar la placidez de aquel viaje con avisos que pudieran amargar el ambiente festivo, y aquí se optó por continuar con la marcha feminista. Los dos partidos del Ejecutivo no sólo la convocaron, sino que llevaron a su estado mayor tras una pancarta. Se puede objetar que en aquel momento no se conocían las posibles consecuencias, lo cual es cierto, pero no se ignoraban los riesgos.

De poder alegar algo en su defensa, Adán y Eva nos dirían que no eran capaces de presagiar lo que su comportamiento iba a suponer para el género humano. Sin embargo habían sido advertidos. Sucede lo mismo con la postura del Gobierno ante la mani dichosa, que se convoca desatendiendo señales alarmantes a pesar de no ser algo esencial y acuciante. Hay un pecado original reciclable con un humilde golpe de pecho que de momento no se ha producido. Entre tanto ministerio debiera haber uno de contrición.

Periodista