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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Pedro Sánchez y el percebe

16.05.2019 
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CUENTAN las crónicas que a su paso muchas emularon a Penélope en aquella histórica escena de los Oscar. ¡Pedrooo! Puede que haya algún sorprendido que recuerde sus descoloridos paseos gallegos cuando todavía andaba Sánchez en plena travesía del desierto. En esa ocasión no faltaron los chistosos que se mofaron cuando el socialista de la resistencia quiso demostrar su galleguidad intentando comer un percebe crudo. Eran otros tiempos. De suceder ahora algo parecido casi todo el mundo vería en el mordisco una genialidad culinaria que sólo los grandes líderes pueden protagonizar.

Es que el hábito sí hace al monje cuando de la política se trata. ¿Qué diferencia al Sánchez que le hinca el diente al crustáceo sin cocción, del que ha sido vitoreado ahora? Está claro que la presidencia. Aunque no sea detectable a simple vista, el poder crea un aura en torno al poderoso haciendo que la mayor simpleza se transforme en genialidad, y la torpeza más garrafal en síntoma de inteligencia. Así como el político opositor tiene que luchar contra prejuicios de la gente que sólo le ve defectos, fallos y meteduras de pata, quien está en el podio goza siempre del beneficio de la duda. Por cierto, habrá que probar el percebe al natural por si acaso nos estamos perdiendo una delicia.

El fenómeno lo retrata muy bien una serie de título extraño aunque muy recomendable Sucesor designado, cuyo guion versa sobre un atentado que deja a los Estados Unidos sin Gobierno ni presidente y pendiente de un escalafón que baja y baja hasta dar con un oscuro funcionario que, de repente y sin preparación alguna, se ve instalado en la Casa Blanca. El hombre empieza gateando en el poder, poco a poco se pone de pie, trastabilla pero el poder lo va educando hasta que controla los mecanismos de la Administración. Esa transformación afecta a sus dotes de mando e incluso a su apostura. Cada vez es más presidente.

Es lo que ha sucedido con Pedro Sánchez, al que sus contrincantes auguraban un valle de lágrimas en La Moncloa. Cuando se esperaba que saliera del palacio hecho un guiñapo, el país se encuentra con un transformer que reagrupa a las dispersas y animadas huestes socialistas, y sojuzga a aquel altivo líder radical que soñó con ser su vicepresidente. Gracias al halo presidencial mucha gente empieza a pensar que ha logrado convertir al populismo en una mascota, mientras que Vox y Ciudadanos son para Casado fieras peligrosas que no están ni mucho menos enjauladas.

La alusión aquella de Rajoy a Zapatero como "bobo solemne", además de impropia de la elegancia marianista, ignoraba la fuerza del poder para cambiar el cristal con que se mira. El supuesto "bobo" le ganó dos veces al gallego y la única explicación posible y democrática es que millones de electores no percibieron la circunstancia. Ningún presidente antes de serlo parecía tan listo como siéndolo y sino hagan memoria, lo cual es aplicable asimismo para el Sánchez presidencial que ahora hace furor en su visita a Galicia, y nos hace dudar sobre la correcta preparación de los percebes. Probémoslos crudos, sin olvidar cuchillo y tenedor.

Periodista