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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Al policía desconocido

23.10.2019 
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HAY en muchos sitios un monumento al soldado desconocido que conmemora a los militares anónimos que murieron sin medallas ni honores en guerras que se van olvidando. Aunque por fortuna no haya habido víctimas mortales en el terrorismo callejero instalado en Cataluña, quizá en el futuro alguien tendría que pensar en algo que recordará para siempre al policía desconocido que estos días defiende la libertad contra una versión moderna del totalitarismo. Bajo esos cascos y corazas sólo hay trabajadores encargados de que la convivencia no se desmorone a manos de maleantes con pseudo coartada política.

A la espera de que se concrete ese homenaje a los héroes sin nombre, hay dos agentes gallegos, no desconocidos sino conocidos, que se reponen de las heridas sufridas en las batallas de estos días. Conocemos parte de su biografía, que es la de profesionales que sirven a su país sin pretensiones y fueron enviados a tierras catalanas con la misión de luchar contra las fuerzas represivas que pretenden apoderarse de la calle. A buen seguro que estos paisanos nuestros se habrán preguntado mientras aguantaban los ataques de las hordas, de dónde ha salido tanto odio y cómo es posible que la comunidad que era la más próspera de España haya caído en esta espiral de locura.

Es la misma pregunta que se han hecho los historiadores y sociólogos que repasan los movimientos totalitarios del pasado. Casi todos coinciden en la capacidad hipnótica de ciertas ideas enfermizas que convierten en zombies a algunos individuos. En el caso de Cataluña los hipnotizadores no están en la clandestinidad sino en el poder y llevan mucho tiempo haciendo a la vez de doctor Jekyll y Mister Hyde, ocupando cargos oficiales y predicando al mismo tiempo que el pueblo sufre una opresión de la que hay que liberarse. Con un truco ya viejo, canalizan hacia un enemigo imaginario el malestar por su nula gestión que debía dirigirse hacia ellos.

Hay una vertiente de nacionalismo paranoico en el odio que los agentes podían divisar desde las viseras del casco, y otra que se ha empeñado en socavar todos los principios de la normalidad. Barcelona es un colector de despropósitos al que va a parar el independentismo y también ese populismo que sube a los altares a los okupas y evita cualquier medida contra la marginalidad delictiva. Unos y otros han contribuido a que todo lo legal esté mal visto, y cualquier ilegalidad sea considerada admirable. Unos y otros han suministrado a los violentos que dejaron malheridos a los dos policías gallegos, la peor de las municiones: la ideológica. Dentro de ese arsenal está el mensaje de que hay un motivo politico "noble" detrás de las algaradas, que sólo se arreglarán mediante una negociación política.

Quizá los demócratas más veteranos hayan percibido con horror una canción audible en algunos momentos de los disturbios. Los fanáticos cantaban L'Estaca, un himno de Lluis Llach contra el franquismo que se oía en las manifestaciones en pro de la democracia, y que ahora es usado por quienes pisotean las libertades. Ahora los grises son ellos. Los policías son de los nuestros.

Periodista