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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Política analógica y digital

11.01.2019 
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TAMBIÉN en la política hay un mundo analógico y otro digital. Todo depende de la gestión de los tiempos y no siempre tiene que ver con la calidad del político. Los hay de buena calidad que, sin embargo, se ven arrastrados por una historia que de repente se acelera y obliga a cambiar la velocidad de reacción. El caso más claro de político analógico y diésel es Mariano Rajoy. El ejemplo más obvio de político digital y eléctrico sería Feijóo.

El Rajoy de los últimos tiempos fue un presidente desubicado que actuaba en el s.XXI con modales del siglo XX. Su estilo consistió en poner los problemas al baño maría y buscar el nirvana permanente con mantras repetidos. Hay en muchas de sus actuaciones o pasividades la convicción profunda de que el sentido común siempre se acaba imponiendo sobre la sinrazón. Para ello solo hay que esperar, no forzar las cosas y dejar que los contrincantes más obtusos caigan del caballo y se abonen a la sensatez. Si la moción de censura en contra suya era insensata y aventurera, surgiría algo que la impediría porque resultaba inconcebible que una maniobra oportunista descabalgara al héroe que capeó la crisis y daba estabilidad al país. Era una visión sin duda noble, inspirada en aquellas películas en las que se sabía de antemano que el bueno saldría victorioso.

De haber aplicado el mismo sistema, Feijóo hubiera permanecido callado mientras el PP se dejaba llevar por los cantos de sirena de Vox confiando en que algo impediría el contagio de la extrema derecha. Sin embargo habló, defendió las políticas contra la violencia de género y logró un par de cosas: reafirmarse como un barón que, amén de territorio tiene criterio propio, y reducir un poco más el espacio de Ciudadanos en Galicia. En Andalucía se pone en escena un nuevo poder autonómico donde el partido naranja actuará como una especie de garantía contra las tentaciones demasiado conservadoras de un PP que mira de reojo a la derecha radical. Aquí esa vigilancia de Rivera es superflua, al menos de momento.

Parece evidente también que la reacción marianista ante la revuelta sanitaria hubiera sido el "esperar y ver". El manual de Feijóo indicaba que había que contraatacar, y eso es lo que hace con una batería de medidas de todo tipo. Frente a esa idea de Rajoy propia del cine de antes de que los buenos triunfan y los malos fracasan sea cual fuere el inicio de la trama, el presidente de la Xunta no parece confiar en un destino siempre propicio a los buenos, y actúa con rapidez. Para uno en política hay cosas evidentes que no precisan un esfuerzo para demostrarlas, mientras que para el otro la mejor defensa es un buen ataque.

Es posible que un Feijóo trasplantado a los tiempos de la transición hubiera resultado hiperactivo. Aquella era una política analógica y diésel en la que solía ganar el que simplemente agotaba al contrario. El ritmo era el de una partida de ajedrez. Ahora la política es un conjunto de guerras relámpago en las que todos los actores se mueven con la rapidez de un vi- deojuego y donde unas horas equivalen a meses de antes. Las reglas son digitales y en el cine de hoy al bueno no le llega con serlo.

Periodista