El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Recordad los chalecos amarillos

11.09.2019 
A- A+

AUNQUE los chalecos amarillos fueron catalizadores de un malestar muy heterogéneo, su inicio está en el gravamen al diésel. La tasa que impone Macron a los combustibles más contaminantes tiene un propósito loable, en línea con las demandas clásicas del ecologismo. Recién llegado al Elíseo tras una fulgurante carrera política, el nuevo presidente de la República quiere dejar huella en la protección ambiental con decisiones audaces y al mismo tiempo populares. Hacer del diésel la diana tenía todos los ingredientes para llevarlo a la cima de la popularidad, y sin embargo se desata una especie de revolución que algunos comparan con la del 68.

¿Qué pasó? La intención era buena; el ritmo no tanto. En definitiva Macron se olvida del gradualismo y aprieta en el acelerador. Los aplausos de sectores que no se veían directamente afectados por la medida, acallan temporalmente el enojo de modesto transportistas que ven en peligro su medio de vida pero al final el volcán social entra en erupción. No es que los camioneros fuesen enemigos del medio ambiente y estuviesen enamorados de los combustibles fósiles, sino que se negaban a ser los que cargaran con el coste de las decisiones. Así fue como una medida verde desencadena una revuelta amarilla.

El error consistió en sustituir la transición ecológica por una ruptura. Las virtudes que encierra el concepto de transición se olvidaron para hacer las cosas con prisas. El proceso no fue paulatino, gradual, adaptativo, permitiendo que los afectados dejaran poco a poco el combustible más contaminante. La que estaba concebida como una medida beneficiosa para toda la sociedad, se vio como un abuso sobre la parte de la población mas vulnerable, dictado desde lejanos despachos de París. Así nacen los chalecos amarillos hasta convertirse en un movimiento que hizo temblar los cimientos del Estado.

Es una lección que el Gobierno no debiera olvidar al afrontar problemas como el de As Pontes. Como ocurría con la cruzada anti-diésel de Macron, nadie discute el principio de que el carbón está condenado. Existe una sentencia pero varias formas de cumplirla que se resumen en dos: drástica o paulatina. Hay un territorio amplio para el que la térmica fue un hada madrina que transformó un medio rural destinado a languidecer en un poderoso polo industrial que genera rentas que, entre otras cosas, hicieron posible la modernización de ese medio rural. Desde la lejanía de un ecologismo burocrático la central puede ser simplemente un foco de contaminación destinado a desaparecer, pero en la cercanía de un ecologismo humanista es un medio de vida dificil de sustituir.

Tanto en Francia como en As Pontes se constata que hay medidas inspiradas en principios medioambientales indiscutibles que, a corto y medio plazo, tienen damnificados. El concepto de transición ecológica que da nombre al Ministerio competente, sugiere la idea de acompasar los tiempos, ofrecer alternativas industriales y tener en cuenta esfuerzos inversores como los que se han realizado en esta central. El caso de los chalecos amarillos es un aviso a gobernantes.

Periodista