El Correo Gallego

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A BORDO

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Valedores y desvalidos

05.04.2019 
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SABIENDO dónde está, en qué país vive y qué tiempo le tocó vivir, Milagros Otero no podía esperar el milagro de que la trataran diferente. La historia reciente está repleta de políticos valiosos que cayeron por cosas que en otras épocas se hubieran disculpado. El rasero es hoy mucho más estricto y eso ya lo sabía la valedora o exvaledora (eso no está claro) al aceptar el cargo. Eso sin considerar que esta figura tiene una consideración especial a mitad de camino entre la realidad y la ficción, entre la política profana y ese territorio en el que habitan el Don Quijote que desfacía entuertos y Superman que hace lo propio en la modernidad. O sea que la escrupulosidad hay que multiplicarla porque el valedor y sus homólogos son un extraño híbrido importado de Escandinavia que no es de fácil encaje ni comprensión.

Lo dicho sobre la mujer del César se aplica aquí en grado superlativo. La apariencia es esencial y en este caso no sólo juegan en contra de Milagros Otero las apariencias sino también las sentencias. Su trayectoria hace difícil creer que estuviera directamente implicada en un enchufe tan burdo como el que aprecian los jueces, pero no cabe duda de que se comete en una institución en la que ella tiene la mayor responsabilidad. La pregunta es qué hubiera hecho el Valedor do Pobo si le hubiese llegado la denuncia de un hecho similar sucedido en otra Administración.

¿La habría archivado sin más o, por el contrario, actuaría pidiendo aclaraciones al responsable? Si hiciera lo primero estaría reconociendo la inutilidad de la institución. La misión del organismo es indagar en asuntos similares, sin conformarse con explicaciones superficiales o admitiendo sin más que cosas como esa suceden a menudo. No se puede aplicar rigor y después olvidarlo cuando se trata de un asunto que afecta a la titular.

Tras la creación del Ombudsman late la idea de que los ciudadanos deben estar protegidos de los poderes públicos por alguien cuyo poder se basa sobre todo en el prestigio.

No tiene policía ni elabora leyes, ni puede decretar la prisión de un sujeto, pero goza de una autoridad que hace que una amonestación suya sea temible. En consecuencia la pérdida de ese prestigio devalúa la institución ante los ciudadanos y los poderes públicos. De ahí que la marcha de Milagros Otero fuese inevitable y que se abra un periodo de incertidumbre dado lo difícil que será consensuar algo en esta larga etapa electoral.

Otra pregunta irreverente es qué sucedería si la vacante se prolongara varios meses y los gallegos desvalidos tuvieran que padecer la orfandad de la institución. Si la respuesta fuera nada, y uno no dice que lo sea, sería cuestión de recapacitar sobre su funcionamiento.

En todo caso la despedida por fases de la valedora do Pobo ayuda poco a quienes defienden el organismo contra aquellos que ven en él sólo una figura decorativa que nació por imitación de costumbres políticas distintas y distantes. Nadie seguiría creyendo en Don Quijote, Superman o Superwoman con una sentencia en su contra sobre contrataciones irregulares. Salvando las distancias ocurre otro tanto con el valedor.

Periodista