El Correo Gallego

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EL CUADERNO

CARMEN POMAR TOJO

El olvido de la memoria

03.11.2017 
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EL calendario insiste en recordarnos durante estos días que la muerte reside en el olvido y nos ayuda a rememorar a nuestros muertos. Cuando dejamos de recordar a alguien es cuando esa persona muere, realmente, para nosotros. Dice el gran Ramón Gener, músico y comunicador, que el amor nos hace inmortales y que mientras los demás nos sigan queriendo permanecemos vivos en sus corazones.
Vivimos en una sociedad que, por defecto, olvida con facilidad y, por exceso, evade el dolor del duelo. Una sociedad que venda sus ojos, con frecuencia, ante el sufrimiento ajeno y que oculta a los más pequeños la más clara consecuencia de estar vivo, esto es, la muerte. Una sociedad que favorece la baja tolerancia a la frustración y que contribuye a formar individuos más frágiles, a modo de correlación negativa, en un mundo más complejo.
Desde la Psicología, en general, el duelo es un proceso fundamental y, absolutamente, necesario. Desde la Psicología emocional, en particular, saber expresar y gestionar nuestras emociones es pronóstico de buena salud mental y nos ayuda a superar dolor y vacío. Aún más allá, desde la Psicología infantil está, sobradamente, demostrado que preparar es mejor que curar, que normalizar es mejor que enmascarar y que los más pequeños necesitan dar explicación a la desaparición de aquellos a los que quieren y echan de menos.
Los adultos nos escudamos en el infundado miedo a las reacciones infantiles ante la noticia de una muerte y tendemos a cambiar de tema o a evitar situaciones incómodas para nosotros, antes de enfrentarnos a la realidad.
Hay una inevitable e instintiva predisposición a la protección de nuestros hijos e hijas que, en ocasiones, se traduce en la falta de realismo y de manejo emocional correcto. Pero, quizás, no sea la situación concreta de una explicación tan complicada como la que requiere la muerte para los pequeños la que provoca nuestras inseguridades o bloqueos. El ser humano huye de aquello que le provoca conflicto interior e incomodidad intrapersonal. Nos parece que la tristeza no es una emoción agradable y, en realidad, puede no serlo, pero entendamos que es, en muchas ocasiones, una emoción claramente adaptativa, liberadora y catártica.
No hay emociones positivas y negativas, todas lo pueden ser en la medida en que facilitan o dificultan nuestra salud psicológica. Recordemos que evolutivamente todas las emociones responden a un afán de supervivencia, filogenéticamente demostrado a lo largo y ancho de los tiempos. Es fundamental entender este hecho y desarrollar las estrategias y destrezas que nos permitan una buena autorregulación del funcionamiento de nuestro sistema límbico, en ocasiones necesariamente ágil, en otras desafortunadamente impulsivo.
Buscamos, cada vez con más desesperación, un buen nivel de paz interior frente a este mundo ruidoso, acelerado, caótico, apresurado, y deshumanizado. Sin embargo, a la vez, escuchar nuestro yo más interior nos produce inquietud, el silencio nos ensordece y las miradas prolongadas nos intimidan. Huimos de la vida, pero también de la muerte, sin caer en la cuenta de que la muerte forma parte de nuestra esencia humana.
Recordar a los que ya no están conduce a prolongar su existencia, a mantenerles vivos una y mil veces, a convertirles en inmortales gracias al eco de sus nombres, de sus rostros, de sus gestos, de sus caricias en nuestra memoria. No lo olvidemos, no les olvidemos.

Profesora de Psicología en la USC