El Correo Gallego

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

La casta solo se transforma

16.09.2018 
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LA Constitución bolivariana de Venezuela establece que todo cargo es revocable. Es un precepto que emociona a cualquier buen demócrata. Que un político pueda ser apeado del poder por una mayoría de ciudadanos, sin esperar a que expire su mandato, parece la quintaesencia de la democracia y así lo entendió el populismo de aquí al establecer un amplio dispositivo asambleario para controlar a sus políticos. La intención era convertir los pueblos y ciudades en modernas Atenas con ágoras en cada plaza y una ajetreada visa asociativa en la que el ciudadano iría de votación en votación como en el juego de la oca.

Inútiles fueron las advertencias de demócratas veteranos que dijeron que aquello no iba a funcionar, entre otras cosas porque el vecino actual no cuenta con esclavos que lo liberen de sus ocupaciones vulgares, como sucedía con los atenienses. O sea que ese bienintencionado asamblearismo solo se nutriría de algún jubilado y desde luego con el activista profesional que no tiene otra cosa que discutir y manifestarse. Pero nada. Ni caso. Los populistas insistieron y tacharon a los escépticos de ser lacayos de la política antigua, elitista y castosa.

A la vista está en que acabó la utopía revocatoria de Venezuela. La única revocación es la de las multitudes que huyen a través de las fronteras en busca de la mera subsistencia. La Constitución más avanzada del mundo, sin embargo, sigue vigente. Y un proceso similar se ha producido con los mecanismos asamblearios de Podemos o las Mareas, convertidos ahora en meras pantomimas fuera de cartel. Ese contraste entre las grandes proclamas y la realidad es un clásico de los regímenes antiliberales, como lo demuestra que se llamasen "democracias populares" los sistemas menos populares y democráticos del mundo, o que en la Constitución de la Unión Sovietica se proclamase el derecho de autodeterminación, cuando Moscú no dudaba en enviar sus tanques "determinantes" a Hungría o Checoslovaquia.

En estos días la reacción del gobierno local coruñés ante la anulación por el Consello Consultivo de la compra de unas viviendas a afines a la formación, ha sido elocuente. No se convocaron por la ciudad círculos y asambleas multitudinarias para debatir sobre las responsabilidades políticas del caso, ni se hizo un plebiscito ciudadano para revocar a los concejales afectados, ni se reúnen los inscritos e inscritas del grupo. Ni siquiera hubo un mea culpa. Peor aún: se admite la culpa pero se señala al funcionariado y se entrega la cabeza de una trabajadora del Concello. En suma, se practica la "democracia popular". Todos los indignados que formaron la base social del movimiento se transforma en la procesión de los caladiños.

Díganme, ¿qué queda de la revolución pendiente? El guardarropa. No habrá regeneración democrática, pero sí pasará a la historia la abolición de la corbata y la ropa planchada. Algo es algo. Los sans culottes empezaron por ahí. Creen que el hábito hace al monje y que al monje le está permito escamotear sus responsabilidades. En fin, que la casta no se crea ni se destruye; solo se transforma.

Periodista