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DARÍO VILLANUEVA

Perrerías

21.04.2019 
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Para quienes no disfrutamos de una imaginación fértil, los sueños llegan en cierto modo a servirnos de paliativo y consuelo. Unas veces para bien, cuando son placenteros, divertidos o fascinantes; otras, no tanto. Los hay desasosegantes, confusos o simplemente caóticos. Sin contar, claro, con las pesadillas.

Bien sé que desde hace ya más de un siglo, la interpretación de los sueños puede decirnos muchas cosas arrumbadas en los desvanes inconscientes. A veces, cuando somos capaces de recordar la pesadilla, podemos por nuestra cuenta, sin necesidad de ningún sofá, desvelar su origen a partir de actos, pensamientos o episodios de nuestra vida real.

Mi vida de solterón empedernido, metódica y rutinaria, fue durante algunos lustros aliviada por la compañía de un perro. No tenía, como yo tampoco, esa prosapia memorable que certifica entre los de su especie el correspondiente pedigrí. Cuando me incomodaba, caso que no ocurría frecuentemente, intentaba yo ofenderlo llamándole sieteleches. Pero casi siempre su compañía era amable, y me reconfortaba. En el fondo, éramos muy parecidos. No digo en el aspecto físico, pero sí en el talante. Por ejemplo, una noche en que me despertaron inquietantes manipulaciones desde el pasillo en la cerradura de mi casa, pude comprobar que los dos éramos cobardes por igual. Ney despertó cuando yo, y como yo quedó paralizado por el temor.

Efectivamente, yo lo llamaba Ney, nombre bastante común (como el mío: soy José) para los perros en mi tierra. Hay costumbre de ponérselo para seguir agraviando la memoria de un mariscal de Napoleón que nos invadió cuando la francesada. Un día, buceando en Internet, me dio por conocer algo de su biografía, y entonces comprendí que llamar Ney a mi perro encerraba en sí no sé si una sutil paradoja o una antífrasis rotunda. El Rougeaud, como se solía apodar al pelirrojo guerrero, conocido también como “Le brave des braves”, fue uno de los militares más temerarios y aguerridos de Napoleón, lo que no lo libró de un final también paradójico. Bien lo recuerda Víctor Hugo en Les Misérables: su desdicha consistió en haberse expuesto cientos de veces a las balas enemigas en las mil y una campañas napoleónicas para morir fusilado por las balas francesas de Luis XVIII.

Lo dicho, mi historia con Ney, al que no he sustituido por otro perro de compañía para no tener, a su muerte, que sentirme tan desamparado, es probable que tenga que ver con uno de esos sueños inquietantes de los que uno se acuerda al despertar, e incluso se esfuerza en buscarle sentido.

En la pesadilla me veía acorralado por una diatriba procedente de la asociación cívica “El mejor amigo del hombre”-o “El mejor amigo del perro”, no recuerdo bien-, que cargaba contra el diccionario para el que trabajo como redactor en una editorial especializada en este tipo de obras por lo ofensivo de la segunda y tercera acepciones de la voz perrería, referidas tanto al conjunto o agregado de personas malvadas como a toda acción mala o inesperada contra alguien. La discriminación se hace todavía más cruda, decían, si consideramos que para hombría se ofrece el significado de cualidad buena y destacada del hombre, especialmente la entereza o el valor. Hombrada es toda acción generosa y meritoria, mientras que perrada viene a definirse como acción villana que se comete faltando bajamente a la fe prometida o a la debida correspondencia.

Concluía aquel ácido manifiesto argumentando, no sin razón, que la maldad humana es infinitamente más activa, abigarrada y perversa que la de los perros, pese a lo cual nuestro diccionario dice del adjetivo humano “comprensivo, sensible a los infortunios ajenos”, y por el contrario se sirve de perruno para adjetivar la sarna o la tos bronca y espasmódica. Por no hablar de canino, que se asocia a desórdenes como la bulimia o con plantas malolientes como la cinoglosa. En Venezuela, cuando se quiere ser despectivo, se alude a la gente de condición humilde como perraje. Y, también coloquialmente perrero, después de cuatro oficios distintos, significa lisa y llanamente mal pagador.

Más todavía. El cínico, que aparte de sinvergüenza también se denuncia como impúdico y procaz –y antaño, incluso como desaseado-, remontándonos hasta su etimología se define como “propiamente perruno”. Mientras el cinismo, reconocido luego como la doctrina de los discípulos de Sócrates, ofrece como primera acepción la de desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables, el humanismo sale mucho mejor parado, tanto como cultivo o conocimiento de las letras humanas como el reconocido movimiento renacentista o la doctrina y actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos.

En el pleito de mi pesadilla no recuerdo que se adujera como motivo de autoridad el movimiento del especismo o especieísmo, que desde hace ya medio siglo clama contra la discriminación basada en la diferencia de especie entre los animales. Todo viene de un cierto antropocentrismo moral, que infravalora, cuando no desdeña, los valores, derechos e intereses de los individuos que no son homines sapientes. Desde semejante doctrina se habla de los fanáticos de la especie como primos hermanos de los que conceden preeminencia a una raza sobre otra. Esto es, los racistas.

Lo cierto es que perro adjetiva lo muy malo o indigno, y en El Salvador dícese de personas enojadas o de genio áspero. No más benévolo es el repertorio sustantivo. La primera acepción de esta palabra prometía resultados mejores, pues después de la obligada referencia zoológica, afirma del perro que no solo tiene el olfato muy fino, sino que también es inteligente y muy leal al hombre. Hasta aquí todo va bien, pero enseguida irrumpen los problemas con el especismo. En la segunda acepción se alude ya que las gentes de ciertas religiones usan perro para referirse, por afrenta y desdén, a los fieles que profesan otras; la tercera es, simplemente, persona despreciable, y también se define el nombre como el mal o daño que se ocasiona a alguien al engañarle en un acuerdo o pacto.

Y qué decir de perra, amén de hembra de perro. Puede significar acreditadamente, además del insulto machista, rabieta de niño, obstinación o borrachera…

Lo peor de una pesadilla es cuando la vigilia no nos rescata de ella y comienzan a atormentarnos las dudas. ¿Por qué no perrería como “cualidad buena y destacada del perro, especialmente la fidelidad y el valor”? ¿Y carecería de sentido que una hombrada fuese también, como tantas veces de hecho lo es, toda acción propia de un hombre desalmado o ruín?

// Catedrático de Filología,  exrector de la USC, académico y  exdirector de la RAE

Artículo publicado en el nº 3 de la revista ‘Arch.-letras’
(abril / junio 2019)