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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

¿Directivos o enterradores?

22.11.2013 
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ELLOS pertenecen a una elite de directivos que siempre caen de pie. Son trashumantes que un día están aquí y otro allá, cambiando de despacho pero no de estatus. Como los gatos, cuentan con siete vidas, algunos incluso más, y desarrollan con la experiencia una felina capacidad para salir indemnes de las crisis. Por eso lo que suceda en Navantia les afecta muy relativamente. Declarar en su plan estratégico que la empresa no es viable supone un drama para el obrero ferrolano, pero tal vez sólo una leve molestia para el rimbombante cuadro ejecutivo.

Sorprende incluso su resistencia a las críticas de alto voltaje político. El alcalde de Ferrol ya puso en solfa su desidia. El presidente de la Xunta subraya siempre que puede el clamoroso fracaso en el logro de nuevos contratos. Ellos nada. No se dan por aludidos. Se sienten protegidos por una cobertura invisible, como si pertenecieran a una casta hindú inaccesible para los mortales. Viéndolos actuar, o mejor dicho no actuar, se abre paso una duda terrible, una duda que se hace más dramática viendo la lucha desesperada de unos trabajadores que no saben hacer otra cosa que barcos. ¿Cuál es la auténtica misión de estos directivos que rara vez dan la cara? ¿Salvar la compañía u organizar sus funerales? ¿No será que están practicándole una muerte asistida a los astilleros?

Si no hay contratos, no son viables, como parece ser que se dice en su diagnóstico letal. Pero no hay contratos porque no se gestionaron bien. No sólo hubo desidia en aquellos que se fraguaban lejos, sino en otros que se preparaban en casa, como los de esos gaseros que pasaron por delante de Navantia mientras sus directivos bostezaban. Cualquier malpensado diría que se están buscando cortadas para el cierre. Es inimaginable que una empresa cualquiera mantenga en sus puestos a unos managers tan ineptos, a menos que la orden subrepticia sea ir retirándole poco a pocos la respiración asistida. Después se dirá que es el mercado porque el mercado carece de domicilio social al que ir con las pancartas, pero el mercado es tan sólo un terreno de juego en el que estos directivos deciden no jugar.

La industria naval tiene buenos jugadores en todas las líneas, dispuestos a dar y recibir patadas, con olfato de gol y ansias de ganar. Lo malo es que se trata de un equipo descabezado, sin entrenador ni presidente. Es un barco a la deriva que no sólo no quiere evitar el iceberg, sino que busca chocar con él. Cuando se produzca el impacto definitivo, la casta tan solo emigrará de despacho. Qué molestia.