El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Doñana

13.08.2018 
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QUERIDO agosto:

Los informativos pasan fugazmente por mí. La lluvia me ata al sofá, y lo
que sale en la pantalla es un viaje de Merkel y Sánchez al lugar donde
cuidan al lince ibérico. El lince es un gran símbolo de supervivencia, de
hermosa fragilidad. De resistencia en un territorio cada vez más hostil.
Conviene mirarse en la naturaleza a la hora de hablar de las fragilidades.
Los ecosistemas que se tambalean, los humedales que sufren. El ser
humano es parte de todo eso, y muchas veces su brazo ejecutor. De las
especies que habitan este planeta somos, con seguridad, la más dañina.
Pero también la única que tiene posibilidades de darle la vuelta a todo.


Me pregunto si Merkel tendrá algo de esa fragilidad. Los políticos fuera de
contexto parecen siempre raros, quizás desorientados. Me parece bien
llevarlos a lugares plácidos en contacto con la naturaleza, mucho mejor
que el asfalto hirviente de Madrid. Tenemos sobredosis de asfalto en este
país, no hay ninguna duda. Piedra, ladrillo, asfalto. Quizás creemos que
eso es el progreso. En las imágenes de ayer no había moqueta, sino hierba salvaje, agua y esos linces. La indumentaria sportiva quita mucha
solemnidad a la política, sobre todo si no se viste ropa exquisita. Ver a
Merkel tirando de prismáticos y de zapatillas, y a su marido de pantalón
corto, le daba una cercanía casi doméstica. No parece que vestida así
pueda negarse a ningún acuerdo, lo mismo que uno presume felicidad en
torno a una comida de verano y alegría en una terraza al anochecer.
Siempre he preferido a los políticos en contextos amables y tiernos.


Doñana se extendía ante la vista de los políticos y los camarógrafos.
Arena, juncales, espadañas, aves que levantan el vuelo: la defensa del
agua y de la diversidad en un sur de Europa cada vez más amenazado por
la desertización. A pocos kilómetros de los visitantes se adivinaba ese
Mediterráneo herido, donde nuestra dignidad como continente se ve irremisiblemente agitada por las olas. Tan profundamente azul, tan preñado de civilización y, al tiempo, de muerte.


Sigo viendo a Merkel y a sus acompañantes en la pantalla, mientras se
colocan sobre el calzado los protectores de plástico para entrar en el
Acebuche, el centro de cría del lince. Todas estas visitas, como las que
hacen a hospitales, a centros de refugiados, a acontecimientos deportivos,
deberían tener algo de descenso a la vida real, de contacto con la dudosa
luz del día. Nunca sabes si es parte del protocolo, de los planes diseñados
por los asesores, o si se trata de pulsiones propias, de reconocimiento de
las muchas fragilidades del mundo. Sabes que casi todo se decide en los
despachos, sobre las moquetas. Pero te gusta pensar que todos los
políticos deberían saber que es bueno el contacto con la tierra, con la vida
verdadera. No sabes qué hay de esa fragilidad, no sabes casi nunca cuanto de nuestra fragilidad comparten.


Doñana es un gran símbolo de nuestra fragilidad, de nuestra necesidad de
buscar el equilibrio. Su gran belleza sucede al sur de Europa, donde
también ocurre la tragedia y el dolor de las migraciones. De eso hablaron,
al parecer, al tiempo que verían la puesta de sol, la misma que ven los
emigrantes sobre sus pateras, sobre el horizonte infinito e inalcanzable.