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los reyes del mando

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Eduard

23.05.2019 
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ESCRIBÍ de Eduard Punset varias veces, porque fui un apasionado de ‘Redes’, ese programa distinto que, por supuesto, tenía cabida en ‘La Dos’. A muchos ‘Redes’ les parecía una rareza, con esa manera tan especial que Punset tenía de divulgar, de entrevistar, de apasionarse ante las cámaras. Y en la vida real, también. Sí: era una maravillosa rareza. No tenemos muchos lugares donde la ciencia se muestre, no sólo la ciencia básica, sino la más compleja: porque Eduard Punset aparecía de pronto entrevistando en algún campus remoto a este o a aquel científico, gente que hacía cosas fascinantes en esa semioscuridad que tiene siempre la ciencia, porque nadie parece interesado en hacerla más mediática. Sólo Punset se dedicaba en cuerpo y alma a contarnos lo que el futuro nos traía a gran velocidad, y lo hacía con ese entusiasmo que no podía disimular en ninguna parte. Le ayudaba, claro, su dominio de la cámara, su facultad comunicativa, su ‘look’ inigualable.

Conocí a Punset no hace muchos años, cuando ‘Redes’ abandonó la parrilla, porque seguir aquel ritmo frenético se estaba haciendo imposible. Ha muerto ayer, y todos hemos quedado huérfanos del que quizás fue nuestro mejor divulgador (junto a Rodríguez de la Fuente, por ejemplo), del hombre que durante dieciocho años llevó la ciencia a la pantalla sin bajar un solo peldaño de nivel, sin simplificar, sino enorgulleciéndose de tratar los temas en profundidad, con expertos mundiales, porque el espectador se merece cosas de altura, y no es cierto, en absoluto, que sólo lo mediocre alcance a las grandes audiencias. ‘Redes’ fue un ejemplo extraordinario de televisión de calidad, empujado por la personalidad inimitable (aunque fuera imitado tantas veces) de Eduard Punset. Un ejemplo, también, de tenacidad y resistencia. La calidad no era negociable, y, además, creo que Eduard no hubiera sabido hacerlo de otro modo.

Conocí después (o fue simultáneamente) a su hija, Elsa, y hablamos mucho de la inteligencia emocional y del gobierno de nuestras facultades, y de las capacidades del individuo, algo que Eduard también trabajaba. Tenía una mirada inquisitiva inigualable, la curiosidad de un niño: justo eso que hace grande a un científico. Embebido en sus pensamientos, parecía en conexión continua con su propio mundo, en el que se instalaba, ya fuera ante las cámaras o no, para entusiasmarse con cada segundo que pasaba sobre el planeta. Pocas veces he visto tanto entusiasmo, tanta pasión para todo. En su día, escribí que “Eduard Punset tiene el gran mérito de haberse hecho popular hablando con científicos, algo nunca visto hasta ahora en este país”. Y era cierto. Tan ajenos a veces a la ciencia que nos mueve (creo que de las pocas cosas que está dando el nivel en el nuevo siglo), me temo que tras la despedida de Punset nos hemos quedado otra vez a la espera. No debe olvidarse todo lo que hizo, su inabarcable pasión por el progreso y por el conocimiento. Y antes fue ministro. Y periodista en la BBC y ‘The Economist’. Pero lo mejor es que, como otros grandes divulgadores de los que tanto hablamos, David Attenborough, o Carl Sagan), hizo de la televisión un herramienta novedosa y sorprendente. Convendría que su impresionante labor no cayera en el olvido.